12 de Diciembre de 2017

Opinión

La triste situación de los adultos mayores

Para vender la mayor cantidad de golosinas posibles, que significa el sustento diario, doña Teresa recorre parte de la avenida Tulum hasta el Mercado 23...

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Para vender la mayor cantidad de golosinas posibles, que significa el sustento diario, doña Teresa recorre parte de la avenida Tulum hasta el Mercado 23, desde allí camina sobre la Chichen Itzá para meterse por la Tankah hacia el Mercado 28, donde finalmente aborda el camión que la deja cerca de su casa, sobre la ruta 5, en la Región 93. Es un viacrucis de cinco horas aproximadamente, casi todos los días; casi, no porque opte descansar, sino porque las fuerzas a veces no le dan. Nadie la espera. A sus 75 años vive sola, pues la abandonaron.

Es claro que sobrevive con lo justo. Se nota. “Si sube tantito la tortilla, me dejan en bancarrota”, bromea con evidente amargura.

Como doña Teresa hay cientos de adultos mayores viviendo solos por obligación, necesidad o decisión propia, que son los menos. La pasan mal, muy mal. De eso no hay duda.

En el lado opuesto hay muchos que viven acompañados, pero que no son respetados, de lo que dan cuenta las cifras de violencia familiar en los ministerios públicos, para cuyos verdugos la ley contempla sanciones todavía débiles. Estas víctimas han sido relegadas de las principales actividades de la familia, pero siguen siendo productivos, pues desempeñan tareas forzadas para beneficiar a los dueños de casa, que casi siempre suelen ser hijos, lamentablemente.

Cuando no existe la cultura del asilo -en casa no son respetados, o viven solos- el Estado debe intervenir para diseñar un sistema de protección social completo, ofreciendo mucho más que dádivas y apoyos ocasionales. Quienes viven solos no pueden ser dejados a su suerte. 

La población de ancianos crece. Según el INEGI hay más de 8 millones y para el 2050 se prevé que la cifra sea superior a 35 millones, a quienes habrá que dar servicios dignos. 

Crece, porque la expectativa de vida aumenta, aunque sea en grados mínimos, incluso irrisorios, lo que tampoco es vida, como refleja el caso de doña Teresa y los de tantas otras, quienes ruegan que la suerte nos les recete achaques brutales y propios de la edad como Alzheimer, diabetes, osteoartritis, deterioro mental o afectación de los sentidos, los que las “matan en vida”.

Se piensa que a Quintana Roo solamente llegan jóvenes en busca de mejores oportunidades. Falso. Muchos son adultos mayores entre los más de 100 mil nuevos habitantes que habría este año en la entidad, quienes también sueñan con ganar más que en el lugar del que provienen.

Es recomendable empezar coordinando todos los servicios médicos disponibles para que sean útiles y de fácil acceso para los ancianos, sobre todos para los que viven en situación tan vulnerable. No sólo se trata de tener más geriatras, que de por sí son pocos en el país, sino de disponer de todos los servicios médicos adecuados para brindarles atención integral.

Hay que incorporarlos a grupos donde desarrollen actividades, pues la mayoría tiene experiencias y enseñanzas que merecen ser transmitidas entre sus contemporáneos o a miembros de la actual generación.

Mientras se logra readecuar el régimen de pensiones -como es la proyección-, la iniciativa privada puede colaborar con más plazas laborales y programas para el disfrute, por ejemplo en parques temáticos, para aquellos que no pueden. 

Hay múltiples formas de ayudarles para que tengan una vejez digna, alejada del peligro y la sinrazón de propios y extraños.

Por ahora doña Teresa no sabe que pretenden subir la tarifa del camión. La homologación del IVA, el aumento en el precio del diesel, los impuestos a combustibles o las distancias de las rutas por el crecimiento de la ciudad, pueden ser argumentos válidos para los concesionarios del transporte, aunque para ella, sola y que desconoce sus derechos, será un golpe devastador. 

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