21 de Mayo de 2018

Opinión

La vida cambia

Hay cambios que llegan a nuestros días sin previo aviso, situaciones que no calculamos...

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Con cariño para mis hermanos y amigos de DSU 14

Al acercarse el fin de año es inevitable pensar en lo que nos trajeron a la emoción, la vida, la piel y la realidad estos meses transcurridos; en lo personal, este año significó probablemente el mayor cambio de toda mi vida, lleno de acontecimientos que han dejado profundas cicatrices y en realidad bien pocas alegrías, pero no por ello ha sido un año con menos vida, por el contrario ha sido un año muy vital, porque los cambios no significan falta de vida sino más bien una vida renovada, nuevas circunstancias, retos y esperanzas.

Recordando lo acontecido viene a mi mente el famoso Heráclito, quien nos dejó la idea del devenir constante: nadie se puede bañar dos veces en el mismo río porque ya el agua del río no es la misma y nosotros también hemos cambiado; es el cambio constante lo que marca todos los días de nuestra existencia.

El tiempo nos acompaña, pero también nos agota y nos consume, es nuestra elección de qué manera queremos consumirnos, en qué invertimos ese tiempo que se va y no regresa; es nuestra opción decidirnos a ocuparlo en vivir o dejarnos atropellar por él mientras llegamos al último suspiro. Ese es nuestro tesoro, la capacidad de elegir cómo queremos vivir nuestra vida y llevarla tal como hemos decidido.

Hay, sin embargo, cambios que llegan a nuestros días sin previo aviso, situaciones que no calculamos; en buena medida los cambios del tiempo se nos hacen imperceptibles, existen cambios tan lentos que no los vemos venir, una cana que es imperceptible, pero un día llena de blanco nuestras sienes; una arruga que un día surge tímida para luego darnos cuenta que de repente se ha traído a toda la familia y han hecho de nuestra cara su casa. Estos cambios no los apreciamos en el día a día, pero acaban, como todos, marcándonos la vida.

Existen cambios mucho más evidentes y dramáticos, cuanto más repentinos más desconcertantes y dolorosos; hemos pasado por años en los que la muerte de un ser querido ha convulsionado nuestras horas y marcado nuestro espíritu, accidentes que probablemente nos roben la salud, enfermedades padecidas por hermanos y amigos, infidelidades que destrozan el alma, divorcios aniquiladores y toda una cauda de dolor que el ser humano no podrá evitar nunca, pero sí tiene la capacidad de volver un dolor productivo, un fértil abono para una mejor vida, por supuesto si su empeño valiente es tenerla.

Afortunadamente un año también puede traer felicidad, una alegría nueva y vivificante, así llegan los matrimonios bendecidos con el amor, la vida de un nuevo hijo resumiendo el amor de dos en un solo cuerpo, un nuevo trabajo gratificante, enriquecedor, el placer de nuevos y generosos amigos, las horas de convivencia con los hermanos, la felicidad e ilusión de un noviazgo, la alegría de recuperar la salud y también los pequeños placeres de todos los días: ver una puesta de sol en la playa mientras metes los dedos de los pies en la arena, una tarde de música, el sabor de un buen pan en la boca y miles de otras grandes y pequeñas alegrías.

En la vida los acontecimientos y las personas nos cambian, pero también nosotros optamos por cambiar y de la misma forma contribuimos al cambio personal de los que nos rodean; la dinámica de cambio nos acompaña hasta el fin de nuestros días, podemos dejarnos atropellar por el cambio o podemos optar por tomar los cambios en nuestras manos y hacerlos fructíferos. 

Todos los cambios del año,  aun los amargos, podemos convertirlos en fértiles y cultivar frutos dulces tanto para nosotros como para los que nos rodean. Si no lo hicimos este año, hagámoslo con el próximo que la Vida nos pone en las manos.

Tengamos la claridad de reconocer que no vivimos y cambiamos solos, lo hacemos siempre en comunidad, en compañía, porque sólo somos verdaderos hombres y mujeres en la medida que sabemos vivir con quienes nos rodean, aprovechamos nuestro tiempo de vida en amar y ser amados y procuramos tanto nuestro bien como el del prójimo.

En constante evolución estamos hasta llegar a la casa eterna. Que los cambios que se abran ante nosotros en el nuevo año sean todos de beneficio para todos, pedir que nadie sufra un dolor es ilusión, pero deseo fervientemente que su fortaleza sea mayor que sus contratiempos y que todos juntos recordemos que las penas compartidas se restan y las alegrías compartidas se suman, porque es en esta dinámica de relación donde somos plenamente humanos.

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