18 de Agosto de 2018

Opinión

Lampedusa, la globalización de la indiferencia

'La cultura del bienestar nos ha hecho insensibles a los gritos de los otros'.

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Para mis ex alumnos

Lampedusa, una pequeña isla al sur de Italia, situada a tan sólo 225 kilómetros de las costas africanas, se encuentra desde hace unos días en el centro de las noticias generadas en Europa; el motivo es el naufragio de un barco con 518 personas que partió de las costas de Libia con destino a esa isla, los pasajeros eran inmigrantes indocumentados que buscaban salir de sus países de origen en África con la esperanza de alcanzar una mejor vida en Europa. El número de víctimas mortales en el accidente hasta el momento es de 287 personas; el martes se recuperaron 57 cadáveres de la nave que se encuentra aproximadamente a 50 metros de profundidad, y han sobrevivido 155 pasajeros, por lo que es posible que en la embarcación se encuentre casi un centenar de cadáveres más.

En el mes de julio el Papa Francisco realizó el primer viaje de su pontificado y para su primera visita apostólica eligió Lampedusa, en cuyos alrededores se calcula que han muerto más de 25,000 inmigrantes en los últimos 20 años. En la pequeña isla de tan sólo 5,000 habitantes, Francisco le pidió perdón a Dios por “aquellos que con sus decisiones a nivel mundial han creado situaciones que conducen a estos dramas” y también por “aquellos que en el anonimato toman decisiones socioeconómicas que abren el camino a dramas como estos”, pero su reflexión no se detuvo ahí, señaló que “la cultura del bienestar nos ha hecho insensibles a los gritos de los otros. Somos una sociedad que ha olvidado la experiencia del llanto, la globalización de la indiferencia nos sacó la capacidad de llorar”. 

La globalización de la indiferencia que señala el Papa es la que ha hecho posible que podamos hoy enterarnos de miles de muertos en un terremoto y pensemos: ¡pobres de ellos!, para inmediatamente acordarnos que tenemos una hora para pasar por nuestra ropa a la tintorería y es que hemos “logrado” vivir en un mundo donde nos preocupa infinitamente más nuestro dolor de cabeza que las matanzas en Siria y en el que es más importante autocompadecernos por cualquier frustración en el trabajo que compadecernos de los ancianos abandonados. La cultura del bienestar nos ha “vacunado” contra los sufrimientos de los demás seres humanos de este mundo y nos ha impulsado a rendirle culto a nuestra satisfacción y nuestros deseos.

¿Cómo hemos llegado a esto? En otras épocas los grandes temas tabúes eran los sexuales, hoy lo son el sufrimiento, el dolor y la muerte, nadie quiere verlos, nadie los quiere aceptar en su vida; vagamos por este mundo cerrando los ojos ante el dolor ajeno y pretendiendo callar el propio, satisfaciendo nuestras necesidades y deseos materiales, como si con eso lográramos anestesiar nuestra vida y alejar para siempre el dolor, ¿vivimos?... con la idea de que hay vida en la alegría y una especie de “no vida” en el dolor y se nos olvida que hay tanta vida en la alegría como en el dolor, se nos olvida que las personas realmente felices no lo son porque no sufran sino lo son a pesar de sufrir.

El triste intento del ser humano actual de negar su sufrimiento, de sacarle la cara, de pretender esconderlo, nos ha llevado a negar, relativizar y empecinarnos en desconocer el del prójimo y en el camino se nos ha olvidado algo básico: somos seres eminentemente gregarios, los seres humanos existen y sólo existen en comunidad, es en comunidad en donde les es posible encontrar, si no el significado del sufrimiento, al menos sí la convivencia que les permita en la medida de lo posible disminuirlo, sobrellevarlo y aceptarlo como parte de su vida.

Para ello es necesario salir de nuestro propio dolor -labor nada sencilla en un mundo que se empeña en decirnos que lo único y los más importante somos nosotros- y participar activamente en el alivio del dolor ajeno y he aquí la paradoja: en el proceso de salir de nuestro dolor y ocuparnos en ayudar a sobrellevar el dolor a nuestros semejantes, el sufrimiento se irá retirando de nuestra vida diaria, la paz y la alegría se irán asomando a nuestros días. 

No podremos nunca despojarnos totalmente del sufrimiento y el dolor, pues son propios de nuestra condición humana, pero los haremos más fructíferos y llevaderos,  podremos encontrar en nuestra familia, amigos, trabajo o en todo aquel que nos rodee, aquello que muy bien señalaba mi muy querido José Luis Martín Descalzo: “Las penas compartidas se dividen y las alegrías compartidas se multiplican”.

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