22 de Septiembre de 2018

Opinión

Las armas no matan

La masacre es enfrentada desde la convicción de que tuvo lugar, no gracias al exceso de armas, sino a la insuficiencia de éstas

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Han regresado a clases los sobrevivientes de la masacre de Newtown, Connecticut, que sacudió a los Estados Unidos al cerrar 2012.

El impacto emocional, sin embargo, no alteró la firme convicción norteamericana de que las armas de cualquier tipo, incluidas las diseñadas expresamente para acciones militares, deben estar al alcance de casi cualquier persona, incluidos menores con supervisión paterna. Los tímidos reclamos para restringir la venta de armas fueron inmediatamente respondidos por, entre otros, la Asociación Nacional del Rifle, cuyo mantra central es: “Las armas no matan personas, las personas lo hacen”.

Este mediocre juego de palabras es sin embargo aceptado por la sociedad en su conjunto y se expresa plenamente en las normas oficiales sobre la materia.

La masacre es enfrentada desde la convicción de que tuvo lugar, no gracias al exceso de armas, sino a la insuficiencia de éstas: maestros de Utah entrenan en el uso de pistolas para enfrentarse a balazos a eventuales tiradores futuros, la propia NRA propone establecer guardias armados en las escuelas y, por lo pronto, algunos de éstos vigilarán el retorno a clases de los sobrevivientes del tiroteo.

Pero la armas sí matan personas. La inmensa mayoría de las armas ilegales con las que se asesina a miles de mexicanos cada año en el territorio nacional fueron originalmente compradas de forma legal en los Estados Unidos y luego contrabandeadas a México (y en al menos una ocasión reciente, por el propio gobierno norteamericano).

Más allá del discurso, el móvil funcional del armamentismo norteamericano son las grandes ganancias que este comercio genera. Pero la mayor parte de éstas no proviene del contrabando, negocio de suyo jugoso, sino de las compras gubernamentales de armamento para combatir la delincuencia. En sentido estrictamente económico, las armas de los delincuentes no son sino muestras que promueven las verdaderas ventas.

Quizá ha llegado el momento de que las compras militares del gobierno mexicano premien o castiguen a sus proveedores según la eficacia que éstos tengan en el control de la circulación de sus armas y, en consecuencia, en la factibilidad de su contrabando a México.

Ciertamente, se trata de empresas enormes, pero no nos confundamos: ningún comerciante, del tamaño que sea, puede preferir el mercado del contrabando frente al millonario gasto de compras militares de un Estado.

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