25 de Septiembre de 2018

Opinión

Las crudas morales en épocas inciertas

Son fechas de “crudas morales”, como se dice coloquialmente a aquellos arrepentimientos...

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Son fechas de “crudas morales”, como se dice coloquialmente a aquellos arrepentimientos por determinadas situaciones más o menos vinculadas con el fracaso, la vergüenza o la frustración. Son tiempos de evaluaciones y análisis por el término de ciclos (e inicio de otros), pero también de señalamientos y denuncias. Basta mirar la prensa para saber de qué se trata.

Algunos recurren a determinaciones tajantes, e incluso definitivas, y otros ven nuevas oportunidades con las cuales se comprometen, aun cuando nadie garantice que el 2017 será mejor. Ello explica las renuncias, los nuevos propósitos, los resultados de las auditorías o los suicidios. Son tiempos, pues, de catarsis o depresión.

Los ejemplos sobran. Entre misiones inconclusas, desfalcos, falsas promesas y endeudamientos no hay mucho margen para librar un lapso del que pocos escapan con satisfacción. Ensimismados, pareciera que prefieren las treguas, el silencio, el aislamiento o la fuga para no encarar los efectos de etapas previas poco gratas.

Desde la década de los 80 se difunden estudios relacionados con dicha realidad. El primero conocido (1986) fue diseñado en Inglaterra, donde participaron poco más de 200 personas, quienes confesaron haber cumplido o no sus metas al cabo de varias semanas. La mayoría de los propósitos estuvo asociada con cambiar hábitos o establecer nuevos.

Los resultados fueron deprimentes: El 25% no los logró ni siquiera durante la primera semana de enero; el 77% renunció después de la primera semana; el 40% desertó luego de seis meses, y sólo el 8% cumplió durante todo ese año. Décadas después los porcentajes no varían mucho, y eso “no se condiciona al país donde se realice ni la posición social de los participantes”, asegura un psicólogo cancunense.

Ese panorama se vive en lo personal, aunque también en distintos ámbitos como el deporte, la academia y la política, cuyas consecuencias podrían ser desastrosas si no hay factores compensatorios, o la fuerza mental escasea por el ambiente nostálgico de esta etapa, justo cuando nos preguntamos: ¿Qué hicimos?, ¿qué logramos?, ¿qué pasó?

En nuestro Caribe mexicano se puede vivir peor el proceso porque aquí prevalecen la soledad, la carga laboral con su inevitable estrés, los niños que crecen sin la atención requerida, las violaciones o los suicidios; estos últimos, dos índices que nos hacen quedar mal frente al resto del país.

En internet abundan a la mano las posibles soluciones. En la mayoría se hace hincapié en no mentirse, prever adversidades e imponerse pocas metas, pequeñas y realistas, sin que eso implique caer en la mediocridad. Sin duda, esas recomendaciones también son aplicables en otros campos de la vida.

Desorbitado

Por unas horas desapareció la letra “n” de la palabra “Cancún” del parador ubicado en Playa Langosta, un balneario que hoy ofrece una imagen renovada con múltiples servicios a la altura del destino. 

El hecho fue denunciado en redes sociales, con la respuesta inmediata de autoridades municipales, quienes descartaron el robo y aclararon que estuvo en reparación debido al daño provocado por un turista.

No faltaron quienes aprovecharon la confusión para criticar sin razón la supuesta falta de vigilancia en el lugar o el mal trabajo de sus diseñadores, aunque nada tuvo que ver con ello. Mal por ellos.

Asombran dos situaciones: la crítica de los cancunenses ante un posible acto vandálico, lo que es sinónimo de conciencia colectiva, así como la celeridad de los servidores públicos en precisar un asunto que fácilmente pudo ignorar por ser menor. Bien por ambos.

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