22 de Octubre de 2018

Opinión

Laudato sí, el cuidado en la casa común

Ha terminado la semana pasada la visita a México del Papa Francisco...

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Ha terminado la semana pasada la visita a México del Papa Francisco, y aunque su presencia en México no tuvo por objetivo tratar temas relacionados con acciones de sustentabilidad, vale la pena reflexionar sobre un documento  publicado el año pasado de suma importancia no solo para aquellos creyentes, sino para toda la humanidad.

Y es que, a fin de cuentas, la “Carta Encíclica Laudato Si’ del Santo Padre Francisco, sobre el cuidado de la casa común” refleja una serie de reflexiones sí de un líder religioso, pero también de un jefe de estado y de un líder de opinión. Y aunque el tema ambiental no es nuevo y ha sido tocado con anterioridad por otros líderes de la iglesia católica (la primera vez en los años 60’s, justo cuando se gestaba el movimiento ecológico a nivel global), la publicación el 24 de mayo de 2015 de esta Carta Encíclica nos obliga a reflexionar sobre nuestro papel como humanidad en el cuidado del medio ambiente.

Recordemos que las Encíclicas, para la religión católica, son cartas solemnes que el Papa envía a obispos y fieles católicos de todo el mundo, exponiendo la creencia y práctica de la doctrina cristiana, e informar acerca de una materia de particular importancia, en este caso, del medio ambiente.

Laudato Si’ es un documento que en sus seis capítulos no solo hace un análisis de la crisis actual por la que pasa el planeta y el papel de la humanidad que, con un modelo antropocéntrico, globalizado y tecnificado, es causante de un grave daño a los ecosistemas, sino que propone soluciones diversas, desde el liderazgo político considerado por el Papa muy pobre, hasta el cambio en nuestros hábitos y estilos de vida como un compromiso personal de tener un mejor lugar para vivir.

Desde mi particular punto de vista, después de releer la Carta Encíclica en el contexto de la visita del Papa, llaman mi atención tres aspectos:

El primero, es el planteamiento de una necesidad de un diálogo entre las religiones y la ciencia; cito textual: “La gravedad de la crisis ecológica nos exige a todos pensar en el bien común y avanzar en un camino de diálogo que requiere paciencia, ascesis y generosidad, recordando siempre que la realidad es superior a la idea”. Esto no deja de lado el mensaje de la Carta al enfatizar que una gran parte de los habitantes de este planeta son creyentes, y eso obliga a las religiones a generar un diálogo para potenciar entre ellas los mensajes de cuidado de la naturaleza.

El segundo aspecto interesante, es el de la relación intrínseca que hay (y que es mencionada en el Capítulo I) entre la calidad natural de las naciones y la calidad de vida de la población, y el derecho que cada ser humano tiene de vivir, ser feliz y mantener su dignidad. Llama la atención que el texto habla explícitamente de temas complejos como privatización de espacios naturales, efectos laborales derivados de este modelo de desarrollo y la inequidad entre sociedades. 

Por último, la ya mencionada debilidad de las reacciones; tanto  en la política internacional dado el poco compromiso que los tomadores de decisiones han expresado por reducir las inequidades, pero también de los poderes económicos que privilegian la renta financiera e ignoran los efectos en la “dignidad humana y el medio ambiente”.

Sin duda, es un documento que, creyentes y no creyentes, debemos conocer, analizar e interiorizar en la búsqueda de proteger la herencia común y lograr una justicia intergeneracional que nos permita tener un mejor lugar para vivir.

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