20 de Agosto de 2018

Opinión

Lealtad y complicidad

Es un compromiso de verdad, respeto, obediencia y cuidado hacia otra persona, a las leyes, la patria, la familia, la religión, o a alguna idea.

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Lealtad (del latín legalis) se traduce como respeto a la ley y a las normas morales. Es un compromiso de verdad, respeto, obediencia y cuidado hacia otra persona, a las leyes, la patria, la familia, la religión, o a alguna idea. Es una virtud o valor, generada por la confianza.

El concepto cobra relevancia en la milicia, donde la lealtad es el valor supremo y se pone de manifiesto en la decisión de las fuerzas armadas de mantener la libertad, la paz, la justicia y el orden jurídico-constitucional del Estado mexicano.

¿Corresponde también a los civiles? Por supuesto. En nuestras relaciones familiares e interpersonales debe primar la lealtad, lo mismo que en nuestra profesión o empleo, y ni qué decir en la actuación de los funcionarios públicos, desde el presidente hasta el más modesto burócrata. Sin embargo, se tuerce el concepto, a veces porque la lealtad se entiende como ser incondicional al jefe o superior, lo cual puede derivar en faltas o delitos. 

Un ejemplo: un Contralmirante de la Armada me comentó que, siendo capitán, fue sancionado porque en una auditoría no dijo que su jefe tenía dos asistentes cuando, de acuerdo con la normatividad, sólo debía tener uno. “Y nunca se los iba a decir, porque era mi jefe”, me confió. Asumió una responsabilidad que no le correspondía, llegando a la complicidad, lo cual le valió estar dos años sin cargo, a pesar de ser un buen comandante.

Por aquel tiempo, hace más de dos décadas, un Secretario de Marina mandó colocar en lugar visible en todas las unidades y dependencias de la Armada, la siguiente reflexión de Thomas Hubbard sobre la lealtad, un valor que debe estar entre nuestras prioridades:

“Sí usted trabaja para un hombre ¡Por Dios!... trabaje para él, hable bien de él y sea fiel a la institución que él representa.

Sí usted tiene que murmurar, condenar o encontrar faltas constantes, entonces  mejor renuncie a su puesto y cuando esté fuera, dé rienda suelta a la maldad de su corazón.

Pero mientras sea parte de la Institución, ¡no la censure! Si lo hace, la primera ráfaga de viento que pase se lo llevará y probablemente usted nunca sabrá por qué”.

Anexo “1”

Respeto a base de temor

Paradójicamente, quien mandó colocar esa reflexión de Hubbard, el almirante Luis Carlos Ruano Angulo, ya fallecido, se ganó el respeto y la lealtad a base de temor, comenzando por sus contemporáneos, a varios de ellos incluso llevó a Consejo de Honor durante sus poco más de cuatro años al frente de la Marina.

En tanto que al personal formado “desde abajo” le daba un trato despótico y siempre quiso evitar que llegara a la jerarquía de oficiales. Por fortuna, ha ocurrido lo contrario, pues el personal de Escala de Mar puede llegar tan lejos como sus capacidades le permitan. 

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