18 de Septiembre de 2018

Opinión

El legado de Andrés (2)

El partido de Morena tiene como integrantes a experredistas y personas que salieron decepcionados del PRD.

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El nutriente básico de Morena ha sido el hartazgo de perredistas, ex perredistas y distintos segmentos sociales que buscaron en el PRD una alternativa de izquierda con capacidad de disputar elecciones, pero que con los años vieron sus expectativas naufragar en un mar de corrupción, autoritarismo, amiguismo, nepotismo e inmediatismo y, finalmente, en una política general de subordinación al poder económico y político.

Paradójicamente, el papel de López Obrador fue esencial en la consolidación de esas prácticas en el PRD, ya como su dirigente formal, ya como su dirigente de facto, desde sus dos candidaturas a la Presidencia. 

Una de sus más destacadas acciones en este sentido fue la implementación, bajo su presidencia nacional, de las Brigadas del Sol. 

Este híbrido natural del clientelismo del PRI y de la mecánica proselitista de las iglesias norteamericanas -a alguna de las cuales el tabasqueño perteneció hasta su oportuna conversión al catolicismo en cadena nacional durante la campaña electoral de 2006- consistió en asalariar masivamente a promotores del voto de puerta en puerta, sustituyendo en definitiva el anterior modelo de activista voluntario. 

En la misma dirección apuntaron otras grandes decisiones a su cargo, como la profundización de la política de adoptar a cualquier impresentable, incluso acusado de las peores violaciones de derechos humanos, siempre y cuando proviniera del PRI -“son los que saben manejar el poder”- y pudiera ganar elecciones con cualquier método; combatir internamente a dirigentes con luz propia -“esos son los que traicionan”-; y marginar a quienes provenían de la izquierda independiente -“no sirven para gobernar”-. 

Su decisión de heredar a Jesús Ortega la presidencia del partido, su exigencia a Amalia García de no competirle, y la ilegal anulación de la elección interna al ser derrotado su delfín fueron acciones consistente con la idea de PRD que construía.

Su convencido carácter autocrático alcanzó su máxima expresión en la elección de 2006, cuando con la consigna de “la estrategia soy yo”, suplantó a la estructura partidista con una propia, incapaz pero obediente. 

Desde luego, no fue el único arquitecto de la descomposición del PRD, pero ésta es inexplicable sin los actos de poder de Andrés López.

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