20 de Febrero de 2018

Opinión

Los caballeros del privado. Aclaración

Queda la esperanza de que alguien se exhibiera confesando alguna debilidad, algún pecado bochornoso, pero lo cierto es que conocemos virtudes y defectos de cada quién.

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A petición de uno de los  involucrados en mi columna Los caballeros del privado, del 26 de junio, hago pública la siguiente aclaración:

Señor Higareda: Supongamos que soy “Me vale Madres lo que digas”, principio a todas luces inaceptable, achacable únicamente a la indiscreción del mesero. Soy  cofundador del grupo de amigos que nos reunimos a comer hace veinticinco años. Amén de la pasión por tomar los tragos, hemos tenido la sana intención de instruirnos y averiguar, de primera mano, quién de los contertulios contaba con información fresca, de última hora, referente a los avatares de la sociedad meridana. Momento afortunado de revelaciones, detalles chuscos, morbosidades y motivos varios para reír estrepitosamente y festejar las barbaridades de amigos, conocidos y foráneos. Hago énfasis en que los miembros del grupo son escrupulosos. Siempre han dedicado tiempo y dinero para estar al día.  Usted no puede imaginar la pasión de tener la primicia, la nota exacta en el momento justo. Dejar a los compañeros de mesa con la boca abierta. Huelga decir que  la distinguida habilidad de  la concurrencia manifestando quién sabe lo novedoso ha ido quedando atrás con toda esta parafernalia de internet, “wascops”, correos electrónicos y redes sociales. ¡Todo el mundo se entera en segundos de sucesos singulares recién acaecidos que bien valdría la pena comentar si no se supieran de antemano!  El fastidio de vernos las caras durante la reunión, de la que fue testigo, es motivada por el convencimiento de que contamos todos con la misma información. 

Por eso preferimos el respetuoso silencio que da pauta a que alguien ponga sobre la mesa un comentario desconocido, lo cual, lamentablemente, reconozco, no ha ocurrido en las últimas reuniones del año. Sólo queda la íntima esperanza de que alguien se exhibiera confesando alguna debilidad,  algún pecado bochornoso, pero lo cierto es que conocemos virtudes y defectos de cada quién. Y así, déjeme decirle, no vale la pena. Sin embargo, es bien sabido que la esperanza muere al último, por tanto mantenemos vigente la amistad que nos caracteriza.

Le agradezco la atención por dar el debido cauce a la presente, la cual me pone en situación de privilegio para maravillar próximamente a mis buenos amigos. Atentamente, Me vale madres lo que digas.

¡Vaya biem!

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