12 de Diciembre de 2017

Opinión

Los dos mundos

Esta semana en una visita médica escuché que una joven de 21 años estaba perdiendo pelo por el estrés de la vida diaria...

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Esta semana en una visita médica escuché que una joven de 21 años estaba perdiendo pelo por el estrés de la vida diaria, y la especialista la cuestionaba sobre los temas que la preocupaban.

La respuesta fue clara: “no me ocupa nada. De hecho, no entiendo por qué pasa”.

Y tengo la impresión que en sus palabras hay mucho de cierto, porque los menores de 30 tienen como esta idea de cero preocupación, aunque también vivan-paradójicamente- momentos de mucho estrés relacionados con las redes sociales y su vida virtual.

Pero bueno, pensando en este tema, cuestioné a la joven mujer acerca de la razón que le preocupaba ya que me consta que es buena hija, excelente estudiante y mejor empleada, que apenas está por concluir la universidad, sin carencias económicas o de salud. ¿Entonces qué pasa?

Buscando por ahí información sobre la juventud en el mundo recordé que en agosto pasado, al celebrar su día mundial el tema fue la salud mental y el objetivo concienciar sobre la importancia de reducir el estigma que rodea a este grupo de la población con problemas de inestabilidad.

Naciones Unidas invitó a los jóvenes a presentar obras de arte, imágenes y/o historias del impacto positivo que conlleva hablar sobre los problemas que la salud mental ha tenido en sus vidas o en la de otras personas jóvenes que conociera a manera de dar a conocer buenas noticias de quienes sobreviven a esos temas.

Más allá, hay cifras del Inegi que indican que en México viven 31.4 millones de jóvenes que tienen entre 15 y 29 años, y representan el 26.3% del total de la población a quienes lo que más les preocupa es la inseguridad ya que suman un 56.6%, por encima del desempleo, que es de 49.2%, y la pobreza, con 31.4%. Un 30% de los jóvenes se siente preocupado por la educación, un 28.6%, por la corrupción, 28.2%, por la salud, y 28.1%, por el aumento de los precios, entre otras cuestiones. 

Mientras, son los mismos jóvenes quienes admiten que las redes sociales se han convertido en algo indispensable y no explican otra forma de integrarse o socializar, ya que ofrecen posibilidades mayores como eliminar la vergüenza o la timidez, mantener mayor número de relaciones, en un espacio que no tiene límite. Hacen que uno se sienta “más dependiente”, pero esto no les preocupa excesivamente porque es propia del tiempo en el que se vive. 

Hay incluso películas que recuerdan que para estar mejor presentable no debes ir al salón de belleza y cambiarte el peinado, más bien tienes que hacer fotos más bonitas que llamen la atención de los otros, tener más seguidores en su página o mayor número de “likes” en su imagen, cualquiera que esta sea.

Si están de viaje, en una fiesta o un momento especial, sea trágico, dramático, divertido o triste el tema es darlo a conocer en ese otro mundo que sea ha hecho mucho más presente.

He llegado a puntos donde llamo por teléfono (otra cosa poco utilizada en estos días) para preguntarle cómo está, y la respuesta es: tía, ¿no leíste mi Facebook? La respuesta: OBVIO NO. Por eso me tomo el tiempo de marcarte al celular para que me lo cuentes tú. Aclaro que no estoy en contra de las redes sociales. Las utilizo y las disfruto mucho porque permiten la cercanía de los que están lejos, pero el cúmulo de preocupaciones que dejan en los más jóvenes me deja el pendiente de las consecuencias que tiene poseer una vida virtual.

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