18 de Octubre de 2018

Opinión

Los errores antiguos

Ya empezamos y el peor riesgo es regresar al punto muerto en vez de seguir arriesgándose al acuerdo.

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Se va 2013, año que se ha significado para los mexicanos por el cúmulo de reformas que teóricamente le darán al país bases firmes para reanudar un crecimiento económico sostenido y en la magnitud necesaria para revertir un rezago de muchos años, largo período en el que las crisis han sido siempre seguidas de severos ajustes recesivos, auténticos sacrificios en gran escala ofrendados al dios  del equilibrio presupuestal.  

Todo bajo el controversial, si no es que falso,  dilema entre neoliberalismo y populismo. Años de transición política difusa marcada por muy poca conciliación y mucho fraccionalismo. 

Por todo ello, no es cosa menor el nivel de los acuerdos, aunque unos digan que el famoso Pacto por México, que dio el espacio político para lograrlos, está muerto o agotado y otros que aún respira; o como dicen los puristas que siempre le han tenido tirria, que no se requiere un pacto porque para eso está el Congreso, para acordar y legislar; o los del otro polo, extremistas y fundamentalistas que ven la conciliación como traición a la patria. 

Lo cierto es que las reformas no quedaron al gusto exacto de muchos, pues los actores pactaron de manera diferente y desigual los cambios, unos a la izquierda y otros a la derecha; pero las reformas están hechas y darán el marco general, el nuevo perfil del contrato social por un largo período,  para comenzar a subsanar las grandes deficiencias que como camisa de fuerza frenan nuestro desarrollo. 

Asignaturas pendientes y pospuestas durante años precisamente por la falta de acuerdos entre las principales fuerzas políticas y la resistencia de los llamados poderes fácticos, que curiosamente todo mundo menciona pero pocos identifican con nombre, pelos y señales, conformándose con señalar a los villanos favoritos que ya están públicamente defenestrados o tras rejas para escarnio popular. 

Es también tiempo de sopesar los éxitos y los costos de los diferentes actores, tanto los que se arriesgaron dizque a dañar su capital político, como los que se pusieron a salvo no queriendo comprometerse.

Falta un sinuoso camino para aterrizar los cambios con las adecuaciones a las normas secundarias, para poner en práctica las buenas intenciones sin que se conviertan en un empedrado caminito al infierno, por lo que se requiere mantener abiertos los circuitos del diálogo y templanza para sortear los sacudones de quienes continuarán oponiéndose, no siempre con los medios políticos establecidos en nuestros inacabados mecanismos democráticos.

El calendario es de cuenta larga: aunque hay reformas cuyos efectos serán inmediatos, otras son de plano generacionales y requerirán de largos períodos para lograr la transición y madurar, como la educativa. 

Pero ya empezamos y el peor riesgo es regresar al punto muerto en vez de seguir arriesgándose al acuerdo.  Buenos deseos para 2014 con el buen humor de Bertrand Russel: “¿Para qué repetir los errores antiguos habiendo tantos errores nuevos que cometer?”

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