19 de Septiembre de 2018

Opinión

Los insurrectos de Stonewall

La homosexualidad es ilegal en cerca de 80 países; en 10 países podría imponerse la pena de muerte por esta causa.

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Los insurrectos de Stonewall eran hombres a quienes les gustaban los hombres, hombres vestidos de mujer y hombres que vendían su cuerpo a otros hombres. Correspondían, pues, a esos que tradicionalmente se han calificado en nuestro país como “putos”. Palabra que hoy se esgrime como sinónimo de cobarde o débil para tratar de rebajar su carga homófoba. Pero aquellos insurrectos ni fueron cobardes ni fueron débiles y, hace 45 años, cansados del pago de cohechos a los policías, de sus burlas, golpes y violaciones, resistieron.

La valentía de aquellos insurrectos, al amanecer del 28 de junio de 1969, en el bar Stonewall del Village neoyorkino, detonó el Movimiento de Liberación Gay (en el sentido de vida alegre) que desde entonces sale a las calles en esa fecha en una Marcha del Orgullo Gay que convoca a homosexuales hombres y mujeres, travestidos, transexuales, o no, levantadores de pesas, nerds “bulleados” en sus salones o prósperos empresarios, porque son idénticos el dolor y la impotencia ante los desprecios y los linchamientos.

La fecha invita también al recuento de logros (aparentemente muchos en el mundo civilizado, incluido el matrimonio entre personas del mismo sexo en ciertos lugares), retrocesos (como las barbaridades de Vladimir Putin en Rusia) y el camino que falta por recorrer que es muchísimo. 

Por ejemplo: la homosexualidad es ilegal en cerca de 80 países; en 10 países podría imponerse la pena de muerte por esta causa; 20 países de Europa exigen la esterilización de las personas transgénero para conseguir el reconocimiento legal de su identidad de género; la cantidad de crímenes de odio es enorme contra gays, transexuales y transgéneros (Yucatán se lleva la palma en nuestro país), pero la situación es especialmente grave en el continente africano.

Este año la irrupción y posterior discusión de un grito futbolero ha coincidido con la conmemoración de la insurrección de hace 45 años, en Stonewall, y en un espléndido artículo en contra de tal grito, Adolfo Sánchez Rebolledo recordaba un libro fundamental para la filosofía de lo mexicano, “Fenomenología del relajo”, del malogrado Jorge Portilla.

Tal vez es tiempo de escribir la “fenomenología del linchamiento” que va desde el cada vez más grave “bullying” escolar hasta la aceptación de la sana alegría de una multitud relajienta.

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