15 de Diciembre de 2017

Opinión

Los nuevos inocentes y el desalmado Herodes

Le contaré de algunos lugares donde puede descubrir el parpadeo de la inocencia en este 2012. La inocencia nueva es como la inocencia del pasado: breve, anónima y frágil. Y Herodes es la misma fuerza colérica y ciega de antaño, pero ahora con múltiples nombres.

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Le contaré de algunos lugares donde puede descubrir el parpadeo de la inocencia en este 2012. La inocencia nueva es como la inocencia del pasado: breve, anónima y frágil. Y Herodes es la misma fuerza colérica y ciega de antaño, pero ahora con múltiples nombres.
 
Desde que el sol emerge de las aguas en la bahía de Chetumal hasta que se esconde tierra adentro, en el horizonte verde de la selva, los agricultores soportan la canícula del trópico.
 
En la región agrícola del río Hondo los jornaleros se levantan con el alba y muchos días acuden puntuales a la extenuante jornada del corte de caña. Con el amanecer se levantan las mujeres: a recoger leña, encender fuego y dar algo de desayuno a los hijos y a los maridos. 
 
Y los más jóvenes emprenden en esas mismas mañanas neblinosas un viaje largo para llegar a las telesecundarias y pocos colegios de bachilleres desperdigados en frontera México-Belice.
 
Al norte, los labradores tercos de la región maya insisten en sacar fruto a las áridas piedras de sus comunidades. A veces lo logran: camino a Carrillo Puerto vi exitosos plantíos de chile habanero a cargo de una cooperativa liderada por mujeres.
 
En José María Morelos el alto índice de desempleo puede enfrentar espíritus tenaces: mire a los conductores de bicitaxis que en ese lugar se ganan el sustento a golpe de pedaleo.
 
En un campamento de la costa, Punta Herrero, catalogado como de alta marginación, los pescadores permanecen semanas enteras allí y están hartos de comer langosta: gustosos la cambiarían por un poco de frijol con puerco. 
 
En Chetumal, la capital, un 60% de la población empleada trabaja para el gobierno y otro porcentaje importante se dedica al comercio. Hay burócratas honrados con salarios ínfimos y pequeños comerciantes agobiados por las cargas fiscales y por la competencia de las grandes cadenas de tiendas que invadieron la ciudad. 
 
A pesar de los salarios bajos, muchos burócratas sonríen y son atentos con las personas que atienden. A pesar de las cargas fiscales y la encarnizada competencia por el mercado, muchos pequeños comerciantes dan completo, sin trampa, los kilos de verdura, tortillas, frutos y carne.
 
Algunos ancianos jubilados, curtidos en la adversidad, no amargan su vida con los  interminables obstáculos para cobrar la pensión. A esos viejos amables los puede ver haciendo fila en el banco.
 
¿Acaso no hay un destello de inocencia en los pocos maestros que aparte de enseñar español, matemáticas o biología, también enseñan a sus estudiantes a ser generosos, solidarios, justos, pacientes, agradecidos?
 
Algo de inocencia nueva tienen los hombres de fe que acercan a otros hombres a la esperanza de una vida mejor. En el panadero que nos entrega las barras multiplicadas y en el tortillero que nos recuerda a diario que somos indios, hijos del maíz. En el hombre que recoge la basura en la madrugada y que cuando te encuentra sonríe contigo y te da los buenos días.
 
En el empleador que es justo con sus empleados. En el vendedor de las paletas, de nieves, de machacados, el que te salva de un día caluroso. En el joven emprendedor, en el migrante que pasa por tu casa pidiendo un vaso de agua, en la señora que prepara las salsas de habanero  con papaya en Calderitas y en el expendedor de pollo en el mercado. En los taxistas amables con los usuarios, en los expendios de comida económica, en los intrépidos motociclistas que entregan la pizza y que arriesgan la vida en cada vuelta.
 
Incluso en los lugares donde domina el prejuicio y la intolerancia se puede encontrar un vestigio de inocencia: en las mujeres y hombres de la calle Hidalgo que tienen el oficio más antiguo y más duro del mundo.
 
Todos ellos son anónimos, pero si los mira con los ojos de la reflexión descubrirá un parpadeo de inocencia, de inocencia nueva: una que dura instantes, segundos quizá. Y que no está libre del acecho de Herodes que la quiere decapitar.

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