20 de Julio de 2018

Opinión

Los unió la soledad del poder

En México hasta la tercera década del siglo XX, el “menos malo” de los destinos al que podía aspirar...

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En México hasta la tercera década del siglo XX, el “menos malo” de los destinos al que podía aspirar un político, caudillo civil o militar, presidente o dictador, caído en desgracia,  era el exilio; cuando menos, conservaba la vida. Muchos hombres sintieron en carne propia la soledad del exilio y la cara oculta del poder: La indiferencia, que en cierto modo también era una forma de morir. 

Plutarco Elías Calles no fue la excepción; José Vasconcelos, tampoco. En diciembre de 1929, Vasconcelos tuvo que recurrir al autoexilio, tras haber sido víctima del primer fraude electoral con que el partido oficial (Partido Nacional Revolucionario, PNR, hoy, PRI) inauguraba su vocación alquimista. Vasconcelos dejó el país de manera voluntaria porque no tenía otra opción. La nueva política mexicana,  postrevolucionaria, perfeccionada e institucionalizada por Plutarco Elías Calles, despertó en Vasconcelos la temprana vocación  por una opción política muy mexicana: El autoexilio. 

Desde su renuncia como secretario de Educación Pública, en 1924, Vasconcelos había manifestado su oposición a la corrupción política y sus críticas más severas iban dirigidas contra el “Turco”: “El furor de Calles era el del verdugo que pega desde la impunidad, siempre a mansalva”. Años más tarde, entre 1927 y 1928, desde el exilio, Vasconcelos escribió cualquier cantidad de críticas contra Calles y en todos los tonos: “Lo más repugnante del obregonismo es el callismo”; “ni vale Calles más que un gendarme”; “…prefiero a los obregonistas: Después de todo Obregón es sanguinario, pero Calles,  facineroso”; “lo antipatriótico es estar sirviendo a asesinos analfabetos como Calles”.

Ante todo los ataques, la respuesta de Calles fue siempre la misma: El silencio. Con excepción de su exacerbado sentimiento antirreligioso –que le costó muy caro-, Calles tenía una virtud básica para gobernar: Ecuanimidad. Vasconcelos pudo hablar pestes del  régimen callista y del Maximato (1924-1934), de la manera de gobernar, de la corrupción del sistema y de la represión. Escribió lo que quiso, algunas veces asistido por la razón de los hechos; otras, mal aconsejado por la amargura de la derrota.

Cuando en 1936 Calles fue obligado por Lázaro Cárdenas a dejar el territorio nacional, al abordar el avión que lo llevaría a su destierro en Estados Unidos, su semblante era el de Vasconcelos en 1929. Fue por demás un momento doloroso, afloraron las pasiones escondidas, el deseo de venganza, la revancha. El “Turco”, quien siete años atrás había propiciado la salida de Vasconcelos del país, entraba a la galería de “ilustres” desterrados mexicanos. Tal vez en esas horas de soledad, al escuchar  el oleaje del mar golpeando en la playa –a donde asistía con regularidad--,  asimiló su triste condición y comprendió a Vasconcelos. Entonces lo buscó.

Un día de 1936, en un pequeño rancho cercano a San José, California, a petición de Calles, los dos hombres se reunieron. Nada se concretó de esa entrevista. Sin embargo, a partir de entonces sostuvieron una cordial relación que se prolongó por muchos años. Los resentimientos personales, las críticas, todo quedó olvidado. 

El general sonorense solía comentar con agrado: “Toda conversación con Vasconcelos resulta por demás interesante”. Por su parte, Vasconcelos afirmaba: “Calles, en el destierro, vale mil veces más que todos los que están en el gobierno y los que quedan en la oposición”. 

En 1945, cuando Calles falleció, Vasconcelos acudió al sepelio. Mientras hacía guardia de honor frente al féretro, llegó una ofrenda de Lázaro Cárdenas que fue rechazada por la familia. ¿Qué pensamientos de Vasconcelos cruzarían por la muerte, ese 19 de octubre? Tal vez sólo uno que lo impresionó desde aquella entrevista en California: “Tengo que reconocer una calidad moral muy grande en el enemigo que es capaz de perdonar, como Calles”.

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