15 de Octubre de 2018

Opinión

'Los venenos del alma: el odio, la ira y el rencor'

Tratemos de ser felices y dejar de llevar a cuestas resentimientos añejos para no cargar con el rencor a flor de piel.

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Ser feliz es una decisión y una actitud y no necesariamente es que tengamos todo para serlo, sino es la capacidad de adaptarnos a lo que tenemos y a lo que la vida nos va dando o quitando. Decir como San francisco “Yo necesito pocas cosas y las pocas cosas que necesito, las necesito poco”.

He aprendido que aún sin salud, se puede ser feliz. Si aprendemos a controlar el dolor y manejar el sufrimiento físico con la medicina adecuada y con apoyo de la oración. 

Hace años me decía un amigo que moría de cáncer gástrico: Roberto, yo estoy mejor que tú, pues yo sé de lo que me voy a morir y tú no! Y eso me lo decía con una sonrisa en los labios.

Tenemos que empezar a dejar de llevar a cuestas resentimientos añejos y no cargar con el rencor a flor de piel. Hay que divorciarnos del odio, la ira y el rencor, pues son los enemigos que nos dañan el cuerpo físico y si no los controlamos nos llegan a enfermar el alma.

El odio, la ira y el rencor son un equipaje pesado que nos impide avanzar, que nos nubla la vista y el pensamiento, que envenena el alma, que impide disfrutar la maravillosa sensación de ser felices. Sí, “el odio, la ira y el rencor son los venenos del alma”.

Hay que luchar porque las antiguas heridas cicatricen y que dejen de doler y no seguir lastimándonos con ellas hasta que sangren, para sentirnos entonces miserablemente infelices. Nadie nos puede lastimar tanto como nuestros pensamientos negativos.

Tenemos que recurrir al perdón, propiciarlo, darlo y aprender a recibirlo. Más que un acto humano es un acto divino.
Hay que saber olvidar para poder perdonar y así tratar de volver a empezar, pues perdonar es olvidar y arrancar de tajo algo doloroso, es curar y cicatrizar una herida.

Para vivir plenamente debemos perdonar y perdonarnos, que a veces suele ser lo más difícil de lograr. Se perdona cuando hay humildad y cuando se reconoce que la perfección no existe en los seres humanos y que el mejor de los hombres falla y necesita el perdón para poder crecer en el amor.

Tenemos que tratar de no sólo ver los defectos del prójimo y magnificarlos; eso sólo nos engendrará más rencor y odio con nuestros semejantes.

Hay que mirar más hacia dentro y descubrirnos, quizá nos hayamos dedicado tanto a criticar, juzgar y reclamar a los demás, que hemos perdido la autocrítica, sintiéndonos no un Dios, sino ¡más que Dios!.

Desechemos los venenos del alma, el odio, la ira y el rencor, y tratemos de ser felices. Sí, ser feliz es una decisión y una actitud. Una decisión de crecer como ser humano practicando el perdón y ponernos al servicio de los demás, entendiendo que con el servicio crece nuestra calidad humana. Y una actitud firme y positiva en ser mejor cada día a pesar de los reveses que nos imponga el destino.

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