22 de Septiembre de 2018

Opinión

De maestros y alumnos

En la obra 2:14, de David Paquet vemos a un 'típico' grupo de adolescentes: la gorda, la violenta, el drogadicto, el nerd, y el maestro.

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El teatro para el joven público está abordando temáticas anteriormente “prohibidas” para los jóvenes. Es paradójico porque en tiempos en los que todo es visible en las redes sociales suena tonto creer que podemos evitar que los adolescentes tengan acceso a lo que les dé la gana ver.

Somos bombardeados por demoledoras imágenes donde los más vulnerables son víctimas de los desalmados que parecen no tener piedad mientras extinguen lentamente la vida de un niño. Por otra parte, tenemos quejas de los profesores que piden la educación de los alumnos desde la casa.

Yo atesoro los casi enfermizos consejos de mi mamá: “Si tomas un refresco tú lo abres”, “No comas nada que tú no compres”, “No respondas, mira quién viene adelante y quién atrás”, “No preguntes, no mires a los ojos, camina rápido y sin detenerte”. Muchos de estos consejos me han evitado malos ratos.

Esto viene a cuento después de ver 2:14, de David Paquet. En esta obra vemos a un “típico” grupo de adolescentes: la gorda, la violenta, el drogadicto, el nerd, y el maestro. Con un humor que se agradece nos internamos al amargo mundo de estos disfuncionales jóvenes.

El maestro sufre crisis nerviosas ante la desesperante actitud de sus alumnos que responden y preguntan estupideces con los rostros llenos de acné. Poco a poco ellos encuentran solución a lo que les atormenta, sin embargo, Carlos ha elegido las 2:14 para cambiar la vida de todos ellos.

Historias sobre adolescentes que sin motivo aparente se meten a las escuelas y disparan sobre sus compañeros hay muchas, las leemos en la prensa o las vemos en el cine, en películas como “Tenemos que hablar de Kevin”. Historias de adolescentes que viven su día a día en la tragedia de la incomprensión también hay muchas. Lo que falta son oídos, soluciones, compañías tanto para los jóvenes como para los maestros.

Sé de buena fuente de maestros bulleadores, que gozan poniendo apodos a los niños y burlándose de su posición económica  o familiar o señalando ante toda la clase el “amaneramiento” de algún estudiante. Defendemos la educación como el único camino. Creo en ello, pero creo también que necesitamos programas de sensibilización para ambas partes.

No defiendo ni tolero a los maestros que no son conscientes de que una de sus palabras dejará huella indeleble en sus alumnos para el resto de su vida. No basta con señalar o mandar aniquilar a los insensibles. En tema de adolescentes nosotros también tenemos mucho que aprender.

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