15 de Diciembre de 2018

Opinión

Maestros amarrados contra el bullying

Los problemas sociales, como la violencia intrafamiliar, la drogadicción, el alcoholismo y la pobreza extrema, resuenan fuertemente dentro del aula, sin embargo los maestros nada pueden hacer para evitar sus consecuencias.

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Es vergonzoso que nuestro país ocupe el primer lugar internacional de casos de bullying en educación básica, pues, según datos de la OCDE y la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, la violencia afecta ya al  70 por ciento de estudiantes de preescolar, primaria y secundaria indistintamente de si se trate de escuelas públicas o privadas.

Las formas más comunes de bullying en nuestro país son: el acoso, los insultos y amenazas, la agresión física (golpes), la violencia verbal y la psicológica.

Aunque oficialmente sólo se llegan a conocer por denuncias ante la Procuraduría de Justicia y los medios de comunicación, son las redes sociales donde se exhibe impunemente esta forma de salvajismo humano en una proporción alarmante que, según la CNDH, creció a un ritmo del 10 por ciento en los últimos dos años. 

Ante el miedo de los padres a represalias de los maestros y la ausencia de políticas para prevenir la violencia y el acoso escolar, se carece de registros verídicos y certeros de todos los casos que muestren la verdadera dimensión de esta atrocidad.

Lo que llamamos con el extranjerismo bullying no es cosa nueva en las escuelas, ha existido desde siempre, pero con consecuencias menos brutales. Todos lo hemos padecido en algún momento de nuestra vida, y su verdadera intención se limitaba más a la burla y la humillación, y no a causar daño físico de manera intencional. 

Cuántas veces recibimos un par de cachetadas o una tunda a cintarazos de nuestros padres por una mala conducta o agresión a otro compañero de escuela. Nadie olvida los severos castigos físicos que los maestros infligían a los niños agresivos. Aunque esos métodos hoy son muy cuestionados, su eficacia para imponer disciplina y respeto dentro del aula nadie las cuestionaba entonces.

Los problemas sociales, como la violencia intrafamiliar, la drogadicción, el alcoholismo y la pobreza extrema, resuenan fuertemente dentro del aula, sin embargo los maestros nada pueden hacer para evitar sus consecuencias, están atados de las manos y sin voz para imponer disciplina.

El clímax del aula es de impunidad, de miedo, de agresión, y sólo refleja bajo rendimiento y deserción de alumnos. Eso lo conocen bien los maestros; nadie quiere enfrentar una denuncia ante la CNDH, pues corren el riesgo de ser suspendidos. Dejemos de lamentar las muertes y actuemos en consecuencia ante el problema y castigar a los culpables.

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