16 de Noviembre de 2018

Opinión

Maestros de “mírame y no me toques”

Las imágenes en la psiquis colectiva por un nuevo paro magisterial en todo el Estado, se ciernen nuevamente...

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Las imágenes en la psiquis colectiva por un nuevo paro magisterial en todo el Estado, se ciernen nuevamente con un manto amenazador sobre la educación de más de 300 mil alumnos de nivel básico que termine atascada en plena vía pública con los maestros manifestantes con paros, marchas y plantones y, posteriormente, con insaciables peticiones o, lo que reclamen sea a modo.

Y se traduce de forma pesimista el futuro inmediato del semillero del futuro del Estado en su derecho a la educación tantas veces menguado por la postura recalcitrante de los maestros para seguir en las calles otra vez porque, tras un acuerdo legítimo acordado por el comité de lucha magisterial con el Gobierno del Estado en el pasado mes de septiembre, ya se le había puesto punto final al paro magisterial.

Hasta ayer siguen levando anclas en la lucha magisterial disidente con crítica ante la instancia educativa oficial, plantean una cuestión que trastoca la esencia de la educación, a no dar clases –por enésima vez-. Todavía más en cuanto a que por ser un medio legítimo para realizar su “movimiento” con libertad, pero no con el libertinaje que es parte medular de su columna vertebral. 

La cuestión reside tanto en la decisión de la mayoría de sus líderes conductores de transferir su dominio amagando a las autoridades educativas y a otras instancias de gobierno, y vayan nuevamente hacia otras acciones de dudosa credibilidad.

Cabe considerar los efectos ya evidentes de lo decidido en el pasado, por lo que ha quedado la piel sensible de los maestros como “los jarritos de Guadalajara”, de “mírame y no me toques”, pues a ello apunta la sustancia de la experiencia pasada, a saber, a la relación entre aviesos fines con medios legítimos para realizar marchas y plantones, abandonando las aulas para tomar las calles y plazas públicas.

Los fines, por legítimos que puedan considerarse, y no sólo legítimos en apariencia. Como el magno mandato que en toda sociedad cabe con el derecho a la educación gratuita, laica y obligatoria, pero jamás mediante el oprobio con la irrupción de clases de miles de estudiantes.

La disposición de medios legítimos no se purifica por sí sola, mucho menos los fines por los que se encuentran atados en la ignorancia los alumnos del estado sin recibir clases. Esto lo entienden las inocentes víctimas en en silencio claman que los maestros regresen a las aulas a dar clases.

Los maestros de tan perverso modelo arguyen, que son las autoridades educativas las que se cierran al dialogo o que no respetan los acuerdos, los que no se han hecho por sí solos, como cuando también se apaga el entendimiento de los maestros en cuestión.

Y nuevamente los maestros expulsan la educación básica a punto del ostracismo por supuestos hechos ilícitos, que así les da por realizar manifestaciones para estar nuevamente a la intemperie, -por lo que sufren acres críticas-, y sin que a éstos se les ponga un cerrojo para estar en las aulas dando clases, las que suspenden sin aviso y sea dado a conocer por vías de ominosos hechos.

Si acaso no bastan los ejemplos anteriores, los alumnos están impedidos al derecho a la educación para escoger el camino futuro que les dará el saber o, relajar, las garantías de la constitución que les ofrece educación, sea por una lucha magisterial que se muestra disidente o en desacuerdo.

Después de la parálisis de la educación en el estado, ella avanza, con la lucha magisterial, otra vez por igual, mediante cuotas que han de calibrar en proporciones exactas para cubrir las demandas de sus hacedores (de esa parálisis). Pues la justicia no es repartir cosas sino dar las cosas a quienes les pertenecen mediante la razón.

Los maestros, quienes se realizan a plenitud y como tales –de la honrosa vieja guardia–, unos se ven cabizbajos, otros defraudados, antes de ser parte, no quieren someterse a esos actos reprobables.

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