17 de Agosto de 2018

Opinión

Manlio

Beltrones se presenta como un operador político eficaz, de la alineación de su partido a las políticas del gobierno y de la estabilidad de los compromisos del régimen con los dueños del dinero.

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La designación, que se vestirá de elección en los próximos días, de Manlio Fabio Beltrones como presidente nacional del PRI marca sin duda el tono tanto del desempeño político que se podrá esperar de este partido en las diversas elecciones de gobernadores en 2016 y las posteriores hasta la presidencial de 2018, como la línea que, en su relación con los partidos y especialmente con la sociedad civil, prevalecerá en el gobierno de Enrique Peña Nieto en su segunda mitad.

Político duro, rudo y correoso, Beltrones se presenta como un operador político eficaz, garante, al mismo tiempo, de la alineación de su partido a las políticas del gobierno y de la estabilidad de los compromisos del régimen con los dueños del dinero. Bajo su presidencia no se puede esperar ningún tipo de aire reformador al interior del PRI, apertura a la democracia interna o externa, ni mucho menos una revisión de sus propuestas a la sociedad, que especialmente en el terreno económico se mantendrá firme en la ortodoxia neoliberal.

La eficacia que ofrece es la de un partido capaz de lograr mayorías electorales en condiciones en las que una mayoría social es opositora y el prestigio gubernamental se encuentra maltrecho. Se trata de, gracias entre otras cosas a la disolución de fronteras entre el partido y el gobierno, conservar posiciones electivas contando con el apoyo de una minoría de la sociedad.

La tarea se facilita en un sistema en el que los cargos en disputa se obtienen generalmente con dos quintas partes de los votos, pero realmente se sustenta en las viejas prácticas de beneficiar al partido desde el gobierno y subordinar éste al titular del Ejecutivo, al tiempo que se disminuye a las oposiciones con el uso de los recursos políticos y pecuniarios del Estado.

Por esta vía, el PRI y su gobierno han dejado claro que está lejos de su intención buscar una mayoría social a partir de revisar su relación con los sectores populares de la población. La brutal desigualdad, la descomposición que hunde a distintas regiones en la violencia, el deterioro de los sistemas educativos y de salud seguirán como preocupaciones subordinadas a los intereses económicos privados. Finalmente, no se trata de lograr el consenso mayoritario de la sociedad, sino tan sólo de ganar elecciones.

A falta de estadistas, un político.

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