14 de Noviembre de 2018

Opinión

Mendoza

La dirección de Juan Carrillo es brillante; apuesta por los actores y la poesía de los elementos: sillas, una tela blanca, cubetas y una manzana roja

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Se hacen tantas adaptaciones, inventos y ocurrencias  sobre la obra de William Shakespeare, que cuando veo algo así anunciado en cartelera no siento el menor interés de verlo. Totalmente predispuesta, asistí al foro “Carretera 45” a ver “Mendoza”, una adaptación de Antonio Zúñiga alrededor de Macbeth.

Con la sala llena, la compañía “Los Colochos” va asombrando a la audiencia con una espesa trama en torno al poder y la traición. Zúñiga ubica los hechos en 1910 y ahí radica la inteligencia de la adaptación, porque para hablar de los hechos actuales no es necesario ser tan directos ni panfletarios, basta con mirar el pasado y recordar que los crímenes políticos, los deseos de ser el elegido y disfrutar del poder total son características comunes en cualquier tiempo.

El dramaturgo construye un lenguaje propio entre Shakespeare y su propio universo personal y de pronto tenemos paisajes rulfianos, corridos y sabor a pueblo. La dirección de Juan Carrillo es brillante; apuesta por los actores y la poesía de los elementos: sillas, una tela blanca, cubetas y una manzana roja. Entre esos colores y texturas transcurre la vida de Mendoza, hombre de lucha que verá trastornar sus ideas por la ambición de su mujer y las profecías de una hechicera que recorre el pueblo con una gallina al hombro.

El escenario comienza a salpicarse de sangre un poco cada vez, el mismo público es invitado al banquete, a eliminar al asesino y no dudará en hacerlo sin importarle mancharse las manos y ser parte de un crimen. Con actuaciones limpias y el manejo precisos de los elementos, los actores nos secuestran para llevarnos a su pueblo único, construido con su energía y la calidad de sus impecables interpretaciones.

Un casting perfecto, no hay a cuál irle, todos -incluyendo a la gallina- están sosteniendo la puesta en cada uno de sus gestos. Me decía el director: “Tenemos lleno, nos da una emoción indescifrable, en la escuela nos enseñan que cuando no hay público es cuando tenemos que poner todas las energías; aplicarnos y dar una gran función, así sean tres personas.

Nunca nos dicen qué hacer cuando tengamos lleno”. Lo están haciendo: una puesta en escena espléndida. Salgo de la función y descubro unas gotas rojas en mis zapatos, Mendoza me recuerda que todos, de una u otra manera, tenemos alguna gota de sangre que nos ha salpicado desde algún lugar de la injusticia y el horror.

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