20 de Julio de 2018

Opinión

México grosero

Hay especialistas que señalan que las ofensas impiden crecer y ser mejores profesionales, personas cívicas.

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¿Cuál será el país más grosero del mundo? En castellano, seguro que México disputa los primeros sitios.

Sabemos que el lenguaje obsceno degrada. Discutir el tema es lo más sano. Aunque igual ya tiene saturados a mexicanos que por primera vez en su historia confrontan -ni tan a fondo- la expresión “!Hey… Puto!”, a propósito del Mundial de futbol.

La palabra que denigra a los gays se ha debatido. Pero el número de términos con que ofendemos explica muchas razones de nuestro comportamiento social. Si dudan, vayan al teatro a ver dos obras de un dramaturgo Luis Enrique Ortiz Monasterio, que utiliza las palabras más pedestres del lenguaje: Civilización y Autorretrato en sepia.

No es recomendación: Es mirar nuestra pobreza expresiva del habla (más a fondo sobre la forma de ser nacional, ahí están Octavio Paz con El laberinto de la soledad, Samuel Ramos con El mexicano: Psicología de sus motivaciones y Jorge Portilla con Fenomenología del relajo).

El enojo es la trama: en bajos y altos fondos del México ni tan profundo, en conversación con empresarios ante la pérdida de ganancias, o de ricos obligados por Hacienda a pagar más impuestos. O asómese a las redes sociales: el insulto soez a la orden del día (me ha tocado con lectores inconformes de lo que escribo).

Ser grosero no es un asunto de clase: es un problema de educación, en general. Pero además, es un habla que rebaja a la persona que consume palabras vulgares, sepa o no el significado de lo que pronuncia. Porque sí, porque decir palabrotas no necesariamente te hace conocedor del lenguaje de Tepito y sus alrededores. Hay gente que no puede proferir nada sin la palabra buey, culero, pendejo, ojete…

No es un asunto de educación ni moral, sino de salud. Tampoco de psicoanálisis motivacional para ser mejores personas. No. Es una toma de conciencia sobre el lenguaje. No hay de otra. El lenguaje y su significado. Oír y decir groserías, acostumbrarse a ellas, dice poco de los mexicanos -o de cualquier otra nacionalidad- (yo procuro no proferirlas, pero no me salvo).

Hay especialistas que señalan que las ofensas impiden crecer y ser mejores profesionales, personas cívicas. Lo cierto es la fatalidad a la que puede arrastrar una mentada de madre, en un encuentro de dos personas que, sólo por desconocimiento del lenguaje, mueren civilmente.

Cuidar el habla es cuidar tu vida.

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