18 de Julio de 2018

Opinión

Muerte en la tarde

Milenio Novedades nos informó el lunes 19 de mayo el fallecimiento en el Hospital O’Horán de Mérida...

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Milenio Novedades nos informó el lunes 19 de mayo  el fallecimiento en el Hospital O’Horán de Mérida del torero Luis Miguel Farfán Marín, empitonado un día antes en Maní, hecho al que se ha sumado la muerte en Seybaplaya, Campeche, del forcado hidalguense Eduardo Alejandro del Villar, así como los percances en un solo día a tres toreros en la feria de San Isidro, España.

Más allá de otro tipo de consideraciones, “el sentido de lo trágico que confiere a la corrida la presencia de la muerte da al arte de matar toros su belleza fundamental”, escribió Ernest Hemingway en 1932, en su tratado taurino “Muerte en la tarde”.

Esto de la tauromaquia se parece mucho al boxeo donde, a diferencia de otros deportes (en el fútbol gana el que más goles anota, en el béisbol el que más carreras acumula…) triunfa el adversario que logra destruir al de enfrente.

Hemingway tenía el gusanito de sentir y narrar el instante supremo de la muerte y para ello fue a España. Dejemos que Ernest nos cuente:

“Cuando asistí por primera vez a una corrida de toros contaba con sentirme horrorizado y acaso enfermo por lo que me habían dicho que sucedía con los caballos. Todas las cosas que yo había leído sobre los toros hacían hincapié sobre el particular.

“La mayor parte de la gente que había escrito sobre las corridas, lo condenaba como algo brutal y estúpido (…). Supongo que desde un punto de vista moral moderno, es decir, cristiano, la corrida es completamente indefendible. Hay siempre en ella crueldad, peligro, buscado o azaroso, y muerte”.

Admitía Hemingway que una de las mayores dificultades de un periodista o escritor era plasmar en el papel  las emociones sentidas y que lo asentado perdurara en el tiempo, que no muriera con la noticia al siguiente día de publicada.

“El único lugar en donde se puede ver la vida y la muerte, esto es, la muerte violenta, una vez que las guerras habían terminado, era  en el ruedo, y yo deseaba ardientemente ir a España, en donde podría estudiar el espectáculo.

“Me ejercitaba en mi oficio comenzando por las cosas más sencillas, y una de las cosas más sencillas y más elementales sobre las que se puede escribir es la muerte violenta. La muerte violenta no tiene las complicaciones de la muerte por enfermedad ni de la muerte llamada natural.

“Había leído muchos libros en los que el autor trataba de hablar de la muerte y apenas si conseguía dar una imagen nebulosa, y todo era porque no había visto los hechos claramente o porque, en el momento en que iban a ocurrir, había cerrado los ojos física o mentalmente, como se hace al ver a un niño al que no podemos alcanzar ni socorrer, a punto de ser aplastado por un tren.

“En estos casos, me siento propicio a perdonar a cualquiera que cierre los ojos porque, probablemente, no se pierde nada con ello, ya que todo lo que sería capaz de contarnos el autor quedaría reducido al simple hecho de un niño a punto de ser aplastado por un tren, sin que el instante del aplastamiento pudiera entrar a formar parte del relato. El momento antes de ser aplastado es el extremo límite de la narración”.

Habría mucho más que decir respecto de la fiesta taurina, pero me circunscribiré a un párrafo más del testimonio de quien estudió años el tema:

“(…) Durante la corrida me siento muy bien. Tengo el sentimiento de la vida y de la muerte, de lo mortal y de lo inmortal, y una vez terminado el espectáculo me siento muy triste pero muy a gusto”. (Lea más de este y otros temas en www.enbocaspalabras.com.mx).

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