17 de Octubre de 2018

Opinión

Muerte y porvenir

Hoy en día me parece que se habla poco de la muerte y, si se habla, es de la muerte de otros.

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… Yo soy la resurrección y la vida. El que vive en mí, aunque muera, vivirá, y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás.- Juan 11:25

Hoy en día me parece que se habla poco de la muerte y, si se habla, es de la muerte de otros (aunque todavía estén vivos). Asistimos a los funerales y casi sin darnos cuenta convertimos esos momentos en un acto “social” sin darle su auténtico sentido de acompañamiento con respeto al dolor de los familiares del ser querido fallecido. 

La muerte no puede ser ignorada del proyecto personal, sin embargo, sólo en los tramos finales de la existencia aparece como algo real e inevitable.

Para los que creemos en Dios, para la persona de fe, la muerte es el principio de otra vida, en plenitud total. 

La muerte significa sólo el fin de la biología más no de la vida del ser, ya que éste va más allá de la interrupción de las funciones vitales.

Para el creyente siempre hay un porvenir glorioso, volviendo a la casa añorada del Padre, de ese Padre que es todo amor y que nos espera con los brazos abiertos como en la parábola del “Hijo pródigo”. 

Bien sabemos que la presencia de cualquier persona genera un círculo de influencia, algo que no pasa con las cosas u objetos mas sí con los seres humanos, por eso, al entrar en contacto con alguien, se siente la presencia y se produce dicha influencia. 

La Sagrada Escritura es “Alguien”, es la presencia de Dios.  Al estar en la influencia de “Su presencia”, nos revela que nos ama y llena nuestro ser de confianza en su amor incondicional.

Dios se manifiesta a través de la Palabra y ésta nos conduce a Él. Se crea entre Él y nosotros una relación  de amor. Necesitamos de la influencia de Dios para llenarnos de confianza. La persona que desconfía se siente amenazada y se crea un clima de peligro y de temor. Saber que Dios es el poder infinito y el amor infinito nos lleva a confiar en Él, entregándole todo, entonces ¿a qué temeremos?. 

Dios nos enseña de una manera muy sencilla y accesible lo que es el amor y lo que es la fe en el amor. Si creemos en Dios Padre amoroso, nos iremos entregando como un niño que descansa y se abandona en el regazo de su madre.

“Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor, ¡Aleluya!.

“Proclamemos la grandeza del Señor y alabemos todos juntos su poder. 

“Cuando acudí al Señor, me hizo caso y me libró de todos mis temores” (Salmo 33).
¡Ánimo!, hay que aprender a vivir.

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