21 de Enero de 2018

Opinión

Mujeres que saben latín

Don José Martínez de Sousa advierte del peligro de que “dentro de un tiempo a alguien se le ocurra convertir poeta masculino en poeto.

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En la Feria Internacional de la Lectura 2013 se ve la presencia esencial de las mujeres en las letras. Del antiguo confinamiento a la libre manifestación, ocupan espacios antes reservados a los bardos, término que es indeseable feminizar por simple cacofonía, para evitar que “barda” se confunda con un muro y, sobre todo, por su sesgo peyorativo. No olvidemos que en la lucha por la igualdad de hombres y mujeres, hoy se ajustan cuentas y agravios, por lo cual pido indulgencia.

Muchas escritoras contemporáneas prefieren llamarse poetas, palabra del género común, hoy malamente olvidado por quienes confunden el sexo de las personas con el accidente gramatical y pretenden que nuestros sustantivos y adjetivos siempre marquen un sexo: desde los “los” y las “las“, hasta el uso de la famosa arroba (@) en vez de “a” y “o”.

Para resolver el intríngulis, la Real Academia actualizó la definición de poeta como “Persona que compone obras poéticas y está dotada de las facultades necesarias para componerlas” y conserva idéntica definición para poetisa, sustituyendo “persona” por “mujer”. ¡Oh justicia divina! ahora para definir “poeta” se evade lo masculino.

Se agradece que la Academia siga considerando que para este oficio se necesitan ciertas facultades y talento, tal vez en recuerdo de Cervantes, quien en Viaje al Parnaso satiriza a los malos poetas: “Era cosa de ver maravillosa / de los poetas la apretada enjambre, / en recitar sus versos muy melosa. / Éste muerto de sed, aquél de hambre, / yo dixe, viendo tantos, con voz alta: / “¡cuerpo de mi con tanta poetambre!”

De entonces han llovido los peyorativos, generalmente entre hombres, crimen y castigo por querer monopolizar la profesión: “poetastro”, “poetilla” y el  lapidario “poetiso” de Unamuno, nada menos que contra los modernistas, voz que casi con seguridad extendió su sarcasmo corrosivo a las poetisas.

Y aún así, Don José Martínez de Sousa, en su Diccionario de usos y dudas del español actual, comenta que no entiende por qué la voz poetisa es rechazada por las escritoras y advierte del peligro de que “dentro de un tiempo a alguien se le ocurra convertir poeta masculino en poeto...

Ya se ha dado con una pareja como modista/modisto”. Y ya ocurrió, en frase de la escritora Dulce Chacón, defensora radical de los derechos de las mujeres: “¿Se dice a sí misma poeta o poetisa? Poeta, poeta. Poetisa me parece un adjetivo, y si los hombres quieren diferenciarse, que se llamen a sí mismos poetos”.

En un extremismo socarrón de la guerra de los sexos, no faltará el palurdo que diga que poetisa no es una golpiza entre poetas, sean del “género” que sean, sin aludir al literario. Dejemos los peyorativos para la poetambre, sin distinción de…  género.

Ellas se nombran a sí mismas y nombran el mundo, como Rosario Castellanos en Mujer que sabe latín: Tengo derecho a existir, a comparecer ante los otros…  y lo hace junto con otras grandes escritoras ante el tribunal de la buena literatura.

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