22 de Septiembre de 2018

Opinión

Nacimiento del horizonte

Los primeros vestigios que se tenga memoria, aún derivan de la polémica de los hombres de la prehistoria...

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Los primeros vestigios que se tenga memoria, aún derivan de la polémica de los hombres de la prehistoria, que huyendo de las agudas heladas del oriente (antiguo) vinieron a habitar las tierras del occidente-norte del mundo que hoy conocemos como México. 

En la mitologia, la tierra, profundamente noble, le dio el maíz donde emergió el mexica. La mujer surgió del mar y ambos poblaron los clanes sociales que lo convertiría en poli-étnico. La semilla emigró tapizando de verdor esta tierra y los ríos corrieron con libertad, buscando su caudal en la infinita vida de su lecho ambiental. La sangre azteca, tolteca chichimeca, popoluca, maya y olmeca, en diferentes tiempos, formó el mosaico de grandes conocimientos arquitectónicos, astrológicos, matemáticos y filosóficos. Y la sabia reluciente comenzó su camino de trasmitir, de generación en generación, la grandeza que hasta hoy no dejamos de admirar para regocijo nuestro.

En esos tiempos, la controversial aparición de un extraño y carismático ser le dio regocijo a sus propios adelantos y contribuyó, fundamentalmente, en su enseñanza épica. Se trata de Quetzalcóatl (para los aztecas) y Kukulcán (para los mayas); como llegó se fue, en un profundo enigma hasta hoy no resuelto, no sin antes advertirles: “Que unos hombres blancos y barbudos llegarían en grandes naves, por el mar, a ocupar sus tierras. Ellos son el producto de la ambición, desmedida, de otros pueblos y ustedes serán sometidos a sangre y fuego”. Muchos no escucharon bien el mensaje de aquel profeta, al que convirtieron en su dios, por ello cuando vinieron los españoles pensaron que era el retorno de aquel místico y legendario ser y pagaron muy caro el costo a  su equivocación.

Finalmente se impuso la religión y el idioma. El exterminio étnico dio paso al mestizaje de las razas y el nuevo prototipo de individuo, luego de ser enterrados los edificios precolombinos, para encima construir el palacio (gobierno) la ermita (iglesia) y el parque (zócalo- central); de aquí emergió la imagen urbana del México nuevo, prolongación de la América nueva, con nuevos individuos, con prisa por enterrar el pasado y preservar la nueva cultura de otros pueblos, con pensamientos del poder ambicioso por el oro y las piedras preciosas, a costa de todo lo que se opuso. La advertencia del gran Quetzalcóatl se cumplió cabalmente.

México, por primera vez, había perdido libertad. O por mejor decir, ésta había sido sustituida con un nuevo nombre, convertida en una prolongación llamada, en suerte, “La Nueva España”, hija heredera de la “Madre Patria”. Tuvieron que pasar dos siglos para que el cura guanajuatense Miguel Hidalgo y Costilla, al grito  independentista de “¡Vamos a coger gachupines!, cambiara las condiciones y quedara instaurado un nuevo ciclo de vida independiente que fue complementado con la reforma liberal juarista. 

Luego de un largo tiempo de dictadura porfirista, la chispa revolucionaria de 1910 detonó en las nuevas condiciones del México de instituciones. La modernidad fue la palanca para el desarrollo; la política, el nuevo lenguaje de los ciudadanos al ejercer su derecho al voto,  y la economía, el nuevo sustento derivado de la generación de empleos y su retribución salarial. 

México había entrado a la órbita internacional en el intercambio comercial con otros países. Y en la supeditacion de los poderosos. Por ello, en la medida que el tiempo va tejiendo la historia “oficial”, su posición se consolida en los “vendepatria”, que le han gobernado, haciendo los tiempos, tortuosamente difíciles. Su pasado nos demuestra que él fue más grande que sus problemas. 

Indiscutiblemente, México es una gran nación y eso lo podemos medir en que aún sigue en pie, a pesar de los enormes saqueos que ha padecido, de los que han hecho de la corrupcion su modus vivendi. Mientras sigamos luchando, tenemos la garantía de ver, algún día, su bello y grandioso horizonte.

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