23 de Abril de 2018

Opinión

Nadie debe irse solo

Es cierto que todos venimos a este mundo sin nada, con las manos vacías, también nos vamos de él casi de la misma manera...

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Hace apenas unos días, en Reino Unido falleció Stewart Cooney, de 95 años; vivía en una residencia para ancianos, su esposa falleció en 2008 y un tiempo después su hijo adoptivo. Terminó viviendo sus últimos días en un asilo ubicado en Leeds; la preocupación de los administradores del lugar y de algunas de las personas que lo atendieron en los últimos tiempos era que nadie asistiera a su funeral y sólo los empleados de la institución lo acompañaran; a uno de ellos se le ocurrió pedir apoyo y reconocimiento para Cooney que, entre otras cosas, era un veterano de la II Guerra Mundial.

Los administradores del lugar esperaban que al menos algunas personas quisieran acompañarlo durante el servicio religioso, por ello se atrevieron a enviar un pequeño mensaje al batallón del ejército al que había pertenecido, esperaban que alguien quisiera acompañarlo en su último trayecto.

Es cierto que todos venimos a este mundo sin nada, con las manos vacías, también nos vamos de él casi de la misma manera, sin podernos llevar nada de lo que creíamos tan nuestro; lo que sí podemos llevarnos son todos los recuerdos, vivencias y añoranzas que la vida nos permitió. Es verdad también que cada uno de nosotros y nadie más es quien debe asumir su propia muerte, pagar el precio de la vida eterna implica como diría Martín Descalzo de la muerte “cruzar por una puerta a la deriva y encontrar lo que tanto se buscaba”.

Sí, llegamos con las manos vacías y si hemos de irnos de la misma manera que al menos sea porque se hayan vaciado dando todo lo que tenían: pan, un saludo, una caricia, amor, bondad, solidaridad, trabajo; solamente podremos llevarnos con nosotros todo el bien que alcancemos a realizar, desgraciadamente también nos llevaremos el mal hecho.

La mayoría de nosotros llegamos a la vida en medio del regocijo y la felicidad de nuestros padres por ver su amor perpetuado a través de nuestra piel; casi siempre todo nacimiento implica la dicha de la familia que celebra al nuevo miembro, venimos solos, pero el comité de recepción por regla general es esplendoroso, de la misma manera deberíamos de partir, arropados y bendecidos por esa familia a la que con nuestra sangre aportamos existencia, desgraciadamente no pocos de nosotros partimos como Stewart, en la más completa soledad; deberíamos recordar nuestra propia esencia nos convierte en hermanos de sangre, que cada uno de nosotros se encuentra reflejado en el otro, que tú y yo somos prójimos.

Afortunadamente para Stewart Cooney, muchos lo entendieron así, los administradores del hogar de ancianos donde vivía quedaron maravillados, no acudieron al sepelio dos o tres personas, sino más de doscientas, un número importante de representantes del batallón al que perteneció, muchos otros soldados y sus familias de muy diversos regimientos, empleados de la institución también acompañados de sus hijos y esposas, personas de muy diversos estratos y actividades que vieron la convocatoria en las redes sociales, un buen número de veteranos del ejército entre los cuales se encontraba uno que aseguró: “Nunca dejamos que un hermano se vaya solo”.

Y esa la verdadera maravilla de todo esto, hay que agradecerle a Stewart que nos deja como enseñanza final de su vida que en realidad todos somos hermanos de todos en esta gran familia humana, que a pesar de los rencores, odios, asesinatos o masacres, aún la gran mayoría de los seres humanos se reconocen a sí mismos en el otro, contemplan su propia humanidad en el ser humano que se encuentra frente a ellos y se identifican como hermanos en este viaje llamado vida.

Cooney padecía demencia senil y gracias a la iniciativa de los administradores del lugar donde vivía pudieron ser contactados algunos de sus parientes lejanos que acudieron a su entierro. Durante largos años habían ido perdiendo contacto con él y al ser presa de la demencia el contacto se perdió por completo; afortunadamente ellos y muchos otros más, movidos por la generosidad del corazón, pudieron acompañarlo en su último tránsito por nuestro mundo.

Nadie debe irse solo; si se debe acompañar a quien recién inicia su vida, con tanta o más razón se debe acompañar a quien se despide de ella; hermanados en la carne, en la esencia y en el amor, no estamos solos, sino más bien multitudinariamente acompañados de todos los integrantes de esta controversial, in/ www.yucatancultura.com descriptible pero maravillosa familia humana. Hasta pronto Stewart.

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