24 de Septiembre de 2018

Opinión

Ni tanto, ni tan poco

Los hijos no tienen el desarrollo suficiente para que su opinión tenga el mismo peso que la de sus padres, sobre todo en decisiones trascendentes para la familia.

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Un video de redes sociales hace un análisis y hasta cierto punto condena a los padres actuales, se les tilda en su mayoría de haber permitido que en los jóvenes de hoy se haya perdido el concepto de autoridad, se asegura que la generación actual de padres es la única que obedeció a sus padres y ahora obedece a sus hijos, se asegura que han perdido la capacidad de señalar límites a los hijos y que buena parte de esta problemática es derivada de la acción de los psicólogos, los educadores, gobiernos y algunas organizaciones internacionales dedicadas a la defensa a ultranza de los derechos de niños y adolescentes.

Siendo obvia la existencia de esta problemática, habría que considerar si en realidad todas las acusaciones contra los padres de ahora tienen un fundamento real. Entre las razones esgrimidas se menciona que la familia no es una institución democrática en la que hay que lograr el consenso y satisfacer el parecer de todos; ciertamente es un punto importantísimo porque en aras de una mayor justicia ahora los padres luchan denodadamente para lograr que las decisiones sean tomadas y apoyadas por todos. Esta particular visión tiene un grave inconveniente: siendo los padres los formadores de sus hijos y estando éstos en proceso de maduración, no es posible considerar todas sus opiniones como si fueran adultos ya desarrollados.

En otras palabras, los hijos no tienen el desarrollo suficiente para que su opinión tenga el mismo peso que la de sus padres, sobre todo en decisiones trascendentes para la familia. Lo que sí es recomendable es que los padres les permitan ir participando en las decisiones que ya tengan desarrollo suficiente para tomar; no es recomendable por tanto preguntar la opinión de los hijos en todas las situaciones a decidir.

Se acusa a los padres de hoy de haber hecho que los adolescentes hayan perdido la capacidad de agradecer, principalmente por la gran cantidad de cosas que ahora los padres entregan a sus hijos, siendo que muchos padres de ahora no pudieron tener una vida tan llena de satisfactores materiales como ahora la tienen sus hijos. Este es un punto álgido, ya que el exceso de satisfactores tiende a hacer creer al adolescente que todo lo que tiene se lo merece y se merece aún más; aferrados a esta idea sienten que sus padres están obligados a esforzarse en darles más cosas.

Aseguran que a pesar de tener muchísimos menos satisfactores, a la mayoría de los padres adultos de hoy no les pasó nada malo y de hecho lograron llevar una vida digna y plena y ahora tienen unos hijos a los que sobreprotegen. Esto me recuerda a una mujer ya anciana que contaba que hasta en Navidad su padre siempre les llevaba las frutas que encontraba en descuento y ya no muy buenas porque el dinero prefería gastarlo en cosas que a él le satisfacían.

Las experiencias familiares no fueron precisamente las mejores para muchos de los padres de hoy; si ahora se concede una excesiva voz a los jóvenes es porque muchos padres de ahora nunca la tuvieron, algunos no eligieron lo que querían estudiar, pues los padres habían decidido por ellos; si ahora se ha perdido la autoridad es como reacción al autoritarismo que muchos de ellos padecieron;  si tantos intentan crear familias democráticas es en buena medida por haber padecido intransigencia y autoritarismo en su juventud.

Conozco muchos casos: un hombre que jamás ha golpeado a sus hijos porque a él le pegaban siempre en las piernas con leña; una mujer que trata de que sus hijas salgan a bailar cada vez que puedan, porque cuando adolescente si pedía un permiso para el sábado, la respuesta de su padre generalmente era ¡jum!, y se pasaba el resto de la semana con la vida en un hilo deseando ir a bailar, solamente para que al preguntar el sábado por la mañana recibiera un seco ¡no!, sin ninguna otra explicación; otro hombre que evita cargar de responsabilidades a sus hijos, porque él desde los 10 años fue el responsable de educar como papá a sus hermanos ante un padre ausente.

Hubo aciertos en la forma que fueron educados los padres de hoy, pero evidentemente hubo también grandes fallas. Lo que vemos hoy en el trato con los hijos es la ley del péndulo, donde unos padres preocupados por evitar aquellas injusticias que vivieron ahora se van al otro extremo, situación también nefasta. Habría que recordar aquel refrán que asegura: “Ni tanto que queme al santo, ni tan poco que no lo alumbre”, y, por cierto, no todo tiempo pasado fue mejor.

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