21 de Septiembre de 2018

Opinión

No desatiendan la incertidumbre

Se los come la incertidumbre. Son cientos de servidores públicos...

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Se los come la incertidumbre. Son cientos de servidores públicos, quizá miles, quienes por estas fechas son presa de la ansiedad debido a la transformación en curso. Es por una larguísima transición (de junio a septiembre) no exenta de tensiones, por la situación financiera del estado y de algunos municipios, así como por el panorama político-administrativo que deberán imponer los nuevos gobernantes para consolidar el cambio prometido.

Funcionarios de los tres niveles coinciden en lo “eterno” que se vuelve un proceso de tres meses durante el cual hay más de un gobernante, con estilos, decisiones y prioridades diferentes. Por ahora es un trance inevitable, aunque algo debería proponerse en el terreno legislativo para evitar estos tiempos donde la duda “mata” a quienes se desempeñan en el servicio público. Ni aquellos con plaza o contrato duermen tranquilos.

Tanto el gobernador electo como ciertos presidentes municipales han desmentido los rumores sobre “recortes dirigidos”; esto, porque desde la campaña se hablaba de un cese masivo si llegaba la entonces oposición, para infundir zozobra. 

Por lógica, las nuevas autoridades no podrán sustituir a equipos completos (¿cómo llenar miles de vacantes?), aunque sí deberán remplazar –también por lógica– a los de confianza y a los subordinados en puestos clave.

Sin embargo, en el campo de la especulación han surgido dos versiones: llegarán a implementar otra especie de “reingeniería” muy probablemente no de la magnitud aplicada en la actual administración estatal, y que el presupuesto limitará las operaciones por la deuda abultada, los compromisos impagos y, sobre todo, por la austeridad que deberán mostrar para llevar a cabo sus pretensiones marcando la diferencia con los actuales.

Todo este panorama conjugado por la extensa entrega-recepción, las deudas a solventar, las auditorías, la austeridad anunciada y los compromisos adquiridos, tendrán a las autoridades de cabeza los primeros meses, aun cuando tengan el mejor plan gubernamental y sus objetivos personales sean bienintencionados. Frente a ello, faltan voces que den certezas.

He escuchado y leído a políticos con experiencia, preparándose para entrar a escena, recordar las palabras de esperanza de Carlos Joaquín durante el proselitismo para apaciguar dicho desánimo. No sé si será suficiente. Posiblemente deberán redoblar esfuerzos para otorgar certidumbre a quienes son los responsables en la práctica del buen o mal desempeño.

Hoy la atención está puesta en los nombramientos autorizados por el Poder Legislativo, las maniobras de los que se van y en cómo atajar o revertir las decisiones de última hora, pero no deberían olvidarse de un tema que no solamente tiene relación con la estabilidad laboral en las dependencias, sino con la imagen misma de las administraciones.

Sobre esto último, debe recordarse que el PRI perdió en gran medida por malas determinaciones en lo administrativo (caso ejemplar el de Chetumal) y que estos miles de trabajadores funcionan como “voceros de tiempo completo” en otros ámbitos, por lo que al prevalecer la incertidumbre, no se beneficiarán los entrantes. 

Algo peor: si eso no se corrige rápidamente, el siguiente proceso electoral no está muy lejos; en poco más de un año los partidos deberán preparar la “caballada” para reconfirmar sus posiciones o reivindicarse, según el caso. Y así como el 5 de junio pasado ganó el deseo de cambio, bien podría repetirse, pero ahora en perjuicio de los favorecidos tiempo atrás.

No es un escenario cómodo, así es que deben poner a prueba su talento para ofrecer tranquilidad inmediata y exhibir resultados en el corto plazo. Como se ha visto, la gente no da ventaja, no tiene paciencia ni está brindando segundas oportunidades.

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