19 de Septiembre de 2018

Opinión

Normatitis y decadencia

Hasta hace 2 décadas, los informes requeridos eran sólo parte del cotidiano devenir y permitían un sano equilibrio entre la atención al doliente y el cumplimiento de lo redactado en la norma.

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Ha sido una semana llena de vaivenes, retos, logros y sorpresas desde el punto de vista médico-administrativo. Por momentos, a más de alguno le asalta el temor o  la sensación de no poder lograr lo exigido, y el  esfuerzo requerido rebasa nuestra capacidad. Lo dictado dista mucho de la realidad.

Después de las supervisiones (siempre útiles), que se traducen en mejoras para el servicio  médico, nos preguntamos sobre la falta de equilibrio que existe entre ser y existir, que contrasta con existir para servir, estando en medio el proceso administrativo complejo que actualmente limita exigir para conseguir finalmente proseguir para vivir.

Sí, amable lector, tal parecería un juego de palabras o trabalenguas, pero solamente refleja el actual entramado administrativo institucional que ha sufrido un giro de 180 grados. Hasta hace 2 décadas, los informes requeridos eran sólo parte del cotidiano devenir y permitían un sano equilibrio entre la atención al doliente y el cumplimiento de lo redactado en la norma. Actualmente, la mayoría del tiempo se la pasa un funcionario enfrente del ordenador horas de horas, quedando poco tiempo para la razón más importante de ser y existir de un servidor público del área de la salud: la atención y solución de problemas del doliente.

Pero, ¿quién teje la pegajosa telaraña que limita la voluntad y ata de manos la creatividad? Sin duda alguna la nueva epidemia sistematizada de la “informitis”. Sin soslayar la sobreposición urgente de proyectos mesiánicos con fechas inalcanzables, que consumen al profesional y que inquisitivamente lo condenan al Bornout del siglo XXI. 

Dentro de este apoteósico escenario, no faltan los que poco ayudan, y ante la tempestad no se hincan. Son los dogmáticos, villamelones, ciegos e irresponsables que evidencian su incompetencia e imperdonable arrogancia, cuando de cambios necesarios se requiere. El vasallaje al cual pertenecen los lleva a la cerrazón sin control y, cual pared que se debilita y  fractura, paulatinamente  inutilizan el servicio para el  colectivo, exhibiendo su pobreza de voluntad.

Querido lector: estas reflexiones son sólo la manera de rebelarse contra un sistema que olvida que el triunfo de  cualquier empresa se construye con principios y valores, que no omiten, ni brincan la secuencia natural del servicio a la comunidad, que actualmente se ve ahorcada por la burocracia administrativa y la corrupción de pocos que empañan el esfuerzo de la mayoría. Del proteccionismo y la enseñanza médica me encargaré en próxima entrega.

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