21 de Septiembre de 2018

Opinión

Nuestro México desigual

​El kilo de carne de puerco acaba de tener un incremento importante, lo mismo la de res, cada mes sube el precio del litro de gasolina...

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El kilo de carne de puerco acaba de tener un incremento importante, lo mismo la de res, cada mes sube el precio del litro de gasolina, la electricidad se ha convertido en un lujo, aumentan los servicios y los impuestos, pero como era de esperar, los sueldos permanecen igual de miserables para millones de mexicanos.

Alguna vez Ernesto Cordero, político panista que intentó ser candidato a la Presidencia de la República, aseguró muy ufano que con un sueldo de seis mil pesos una familia podía vivir casi como los magnates petroleros, pues les alcanzaría para pagar una renta, un vehículo nuevo y llevar a los hijos a una escuela de paga.

Tal vez por ese motivo en muchas empresas pagan dos mil pesos mensuales a los trabajadores, sin prestaciones, con horarios de trabajo discontinuos casi siempre y sin posibilidad de en el mediano plazo, mejorar en algo sus condiciones laborales.

Los anuncios rimbombantes de que el país tiene una de las economías más fuertes del mundo, no se traducen en ninguna mejoría sustancial para los ciudadanos que viven sólo de la fuerza de su trabajo. Es como si por el hecho de que Carlos Slim sea el hombre más rico del mundo, fuera motivo de orgullo debido a que el empresario es mexicano.

Los grandes empresarios y políticos viven en una burbuja de cristal, porque a ellos no los afecta en nada que nuestro país registre un crecimiento grave de hechos de sangre, que en vastas extensiones geográficas el poder del Estado haya caído en manos de criminales y que millones de mexicanos estén a punto de morir de inanición.

Durante meses, la noticia ha sido la lucha entre los dos principales magnates de México por beneficiarse de la Ley de Telecomunicaciones, en un hecho que a millones no les beneficia en nada. Ni Carlos Slim mejorará sus tarifas telefónicas, ni Televisa dejará de ofrecernos una programación televisiva que raya en la frivolidad y la tontería.

A los que gobiernan nuestro país, desde el propio presidente de la república, pasando por los gobernadores y legisladores, hay que pedirles que se arremanguen la camisa y se den una vuelta por alguna colonia popular o una comunidad rural, para darse cuenta que su mundo de fantasía no corresponde con la realidad de la mayoría de los mexicanos.

No hay comparación entre sus sueldos exorbitantes y lo que devengan aquellos compatriotas dejados de la mano de Dios y de sus políticos, éstos últimos tan “preocupados” por la suerte de quienes dicen ser la razón principal de tantos “esfuerzos y desvelos”. La verdad es que la suerte de la gente les importa un soberano comino y únicamente se interesan en ella cuando se acercan las elecciones.

Con indignación nos enteramos a través de los medios de comunicación que por ser indígena, a una mujer le niegan el servicio médico en una clínica pública y tiene que dar a la luz en plena calle, mientras que los diputados federales son beneficiados con salarios insultantes, prestaciones ostentosas y bonos especiales por su “gran aportación a la democracia” y a mejorar la calidad de vida de los que menos tienen.

Alguna vez el genial escritor colombiano Gabriel García Márquez, en su ya inmortal escrito “El Cataclismo de Damocles”, se preguntaba si la tierra no sería el infierno de algún otro planeta, por las desgracias que los seres humanos han tenido que sufrir en la búsqueda de la felicidad.

Debemos preguntarnos entonces si México es el lugar del mundo en el que millones de personas están destinadas a vivir su infierno particular sin posibilidad de redención, pero lo que es peor, pagando pecados ajenos originados en la soberbia y la ambición.

Todos los días escuchamos noticias sobre abusos contra niños inocentes o mujeres indefensas, de crímenes ambientales, de arbitrariedades laborales, pero en ese mundo no comparecen aquellos que desde su sitio privilegiado de poder, miran con indiferencia cómo ese mundo se derrumba. Creen que nada los puede perturbar, pero están muy equivocados.

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