10 de Diciembre de 2017

Opinión

Orgullo por los hijos

Criando a un hijo se invierten años y en el camino se nos va la vida esperando que todo ese tiempo invertido dé frutos.

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Con amor para Mariana, Fátima y Felipe

Era una tarde de hace ya muchísimos años, en una reunión de amigos se encontraban mis padres con otras familias, los niños corríamos por todos lados y jugábamos muy alegres, las correrías, la bulla y el buen humor eran el común denominador. Los adultos platicaban de muy diversos temas a la sombra de unos árboles cuando descuidadamente yo pasaba por ahí y pude escuchar a varios señores hablar de sus hijos con gran orgullo y cariño y resaltar cada uno más que el otro las enormes cualidades que podían encontrar en ellos. En ese instante escuché a mi padre decir: 'Negra, parece que sólo a nosotros nos tocaron los pendejos', las carcajadas de todos no se hicieron esperar.

Un látigo golpeó mi corazón, lleno de vergüenza me alejé lo más que pude de ahí. Pasaron los años y la vida se encargó de demostrarme que lo que mi padre había afirmado en ese momento de sus hijos no era realmente lo que tenía en el corazón, pero para mí el incidente marcó no sólo mi infancia sino muchos años más, hasta que logré asimilar el hecho.

Criando a un hijo se invierten años y en el camino se nos va la vida esperando que todo ese tiempo invertido dé frutos y cuando menos lo esperas los niños han dejado de serlo y te encuentras cara a cara con hombres y mujeres que, alejándose de tu mano y de tu casa, van construyendo su camino por este mundo, personas que el corazón te lleva a admirar, pero con virtudes y defectos como cualquier otro ser humano admirable que haya pisado este planeta, porque el gran secreto de la vida no es ser inmaculado y sin defectos, sino sobreponerse con valor a ellos, y nuestros hijos, los hijos de cada uno de nosotros, tendrán que sobreponerse a los suyos.

Sus vidas pueblan nuestros recuerdos, como aquel día que adormeciendo a tu pequeña hija sus ojos se clavaron firmemente en los tuyos queriendo ceder ante el sueño y cómo sentías que te perdías en la inmensidad de su mirada; como cuando aquella vocecilla infantil te pedía que le pusieras una cuerda en la pared para poder escalarla, la negativa rotunda a tener una muñeca porque le apasionaba que le regalaras libros y juegos sobre los egipcios; recordarla cocinando en su hornito mágico una serie de ingredientes que darían forma a toda clase de coloridos insectos.

Imposible olvidar cuando tu hija que recurría a una serie de repeticiones para pedir el desayuno: 'Mamá, mamá, leche, leche' era la música que llegaba a mis oídos todas las mañanas, los enormes ojos que en todos lados la distinguían con una mirada curiosa y atrevida, las partes de su cara que ella identificaba sabiamente como 'cachos', 'cacua', 'memé' y 'tete', el  'plachto moninas' como promesa de exterminar a todas las hormigas que atacaban las plantas de nuestro jardín.

Inolvidable tu hijo como niño Dios recién nacido en un pesebre viviente, su firme negativa a practicar tu deporte favorito y su rostro siempre sereno, enigmático y pacífico, su glotonería y cómo por ella llegó en alguna ocasión a vomitar.

Y ver cómo la bondad de su corazón ha llevado a dos de ellos a abrazar la profesión de médico, empeñados en restituir la salud de quien sufra, ya sea un niño, adulto o anciano e incluso a los seres vivos más indefensos; ver a tu hija con su uniforme de médico quitarse la comida de la boca para dársela a un hambriento perro callejero es algo como para agradecer a Dios por ese corazón tan noble.

Sorprenderte por la sensibilidad de los sueños y anhelos transformados en novela por aquellos dedillos que antes perseguían a las hormigas es un regalo de Dios, más cuando leer, escribir y la escuela fueron un suplicio para ella, enorme y sensible espíritu que a pesar de sus limitaciones escolares siempre combatió y a pesar de sentirse muchas veces vacía, triste y derrotada, logró convertirse en la psicóloga que con ternura y compasión contribuye a restañar las heridas del espíritu humano.

Millones de padres hay orgullosos de sus hijos, de una maestra de preescolar entregada con amor a sus niños, líder y defensora de las clases sociales o algún músico que por los instrumentos musicales logra llevar la belleza del sonido a nuestras almas y corazones elevando el espíritu humano.

Yo sólo puedo dar gracias a Dios por el amor que me ha manifestado permitiéndome tener los hijos que tengo, si algo quisiera poder repetir en esta vida es tener entre mis brazos otra vez a esos pequeños ángeles y poder adormecerlos mientras me pierdo de nuevo en sus miradas.

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