20 de Septiembre de 2018

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A veces quisiera vivir en otro México. Este ha sido demasiado maltratado, pero es el país que tengo y debería de amarlo así...

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A veces quisiera vivir en otro México. Este ha sido demasiado maltratado, pero es el país que tengo y debería de amarlo así. 

Es difícil explicar lo complicado que resulta leer cosas que no crees, noticias que no entiendes, información que quisieras que alguien te explicara. Pero eso es lo que hago: noticias.

Ayotzinapa ha sido en los últimos días la palabra más escuchada. Antes de la desaparición de los 43 jóvenes poco sabíamos de esas letras. Hoy los discursos y las palabras sobran.
Leía muchos de los espacios dedicados a estos estudiantes indígenas, sobre todas las distintas versiones de qué se debió haber hecho y cómo.

No digo más, pero reflexionaba sobre lo que es válido. Pensaba que protestar con la detención por horas de las personas que acuden a espacios públicos a trabajar o realizar un trámite no es la opción adecuada, ya sea el Palacio de Gobierno, una sucursal bancaria o el edificio que alberga una radiodifusora. 

Creía que la destrucción de comercios, vehículos, paredes, incendios y todo cuando provoque un daño mayor tiene que ser un sin sentido, que solo deja más dolor.

Por donde vea el panorama es desolador. Incluso los medios y organismos internacionales señalan lo que ocurre en México, pero coincido con quienes explican que en este país ocurren más cosas: hay muchas más personas con otras miles de historias para bien y para mal.

Hay otros sucesos que ocurren al mismo tiempo: eventos de cultura, economía y política. El Festival Internacional Cervantino, en Guanajuato; la aprobación del presupuesto en el Congreso; las personas que buscan adultos mayores para defraudar; y así podría seguir enumerando historias buenas, malas, terribles, todas forman parte de este gran libro que lleva por título “vida”.
 
Hay jóvenes tratando de capacitarse; personas compitiendo para recibir un premio;  mujeres luchando contra el cáncer de seno; asociaciones organizadas en la búsqueda de recursos para crear comedores comunitarios que disminuyan la miseria en una población infantil, que lo merece todo.

A esta nación llena de colores y sonrisas, que aprende a vivir con la muerte de cerca sin perderle el respeto, seguramente le duele el alma. Pero también duele detenernos ahí. Dañar más para conseguir atención. Destruir. Violentar. 

México merece más. Afortunadamente hay personas trabajando de forma altruista en bien de otros; sociedades civiles que realmente quieren el bien de otros; especialistas que producen o crean nuevos medicamentos; gente que labora en la invención de aparatos para producir electricidad, o bien probando productos que evitan la contaminación;  alimentos que mejoran el bienestar de quienes necesitan un poco más… En fin, la lista es larga. 

Sé que no puedo vivir en otro México, en ese que no me daba miedo, en ese que me enamoraba, pero cuidaré a este que tengo para que mejore, para que pueda sacar todo lo hermoso que tiene, que es mucho. Lo sé.

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