18 de Septiembre de 2018

Opinión

Otro cuento del enano de Uxmal (II)

Cuando el címbalo sonó, el rey, que estaba dormido en su casita blanca, despertó y tembló lleno de espanto, pues comprendió que sus días de mando tocaban a su fin.

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Como la abuela lo imaginara sucedió, mientras la vieja esperaba inútilmente que el cántaro agujereado se llenara, el enano buscó en las cenizas, y sacó un hermoso címbalo de oro que lo llenó de gozo, golpeó con una varita y el címbalo resonó con un sonido terrible, como un trueno espantoso, que hizo estremecer la tierra, escuchándose hasta los últimos extremos del Mayab. 

La abuela regresa corriendo a su casa y desolada pregunta al enano: ¿qué has hecho, desgraciado? Y él respondió: “Yo no he hecho nada, el ruido que se oyó fue el grito de un pavo dentro del monte”. Ya para entonces había ocultado nuevamente el címbalo entre las cenizas, pero la abuela, que sabía la verdad, no le creyó. 

Al escucharse el sonido del címbalo de oro tocado por el enano, por toda la comarca empiezan a buscar al que había tocado el terrible instrumento, pues todos conocían que había llegado el término de la profecía, y que el nuevo rey estaba ahí, pues estaba escrito: 

“El que haya hecho sonar el címbalo que está oculto bajo la tierra y el fuego, ese será el rey, y en vano será querer resistirle y no sujetarse a su mandato. Está destinado que sea aquel para quien fue labrado un címbalo de oro, que será puesto en sus manos cuando la hora llegue, pues él sabrá hallarlo entonces donde quiera que esté escondido por quienes tienen el encargo de guardarlo, y él sabrá hacerlo sonar, de tal manera que habrá de oírse en toda la tierra y no quedará nadie que pueda dejar de escucharlo. El hombre, de cualquier sangre, que en ese día esté sentado en el trono de Uxmal, prepárese a dejarlo, porque el que tiene que venir llegará y no podrá nadie resistirle, porque no será nacido de mujer.  Entonces será cuando los ojos de los hombres verán lo que antes no han podido ver. Uxmal habrá de mostrárseles con toda su gran magnificencia y poder”. 

Así estaba escrito, y por eso, cuando el címbalo sonó, el rey, que estaba dormido en su casita blanca, despertó y tembló lleno de espanto, pues comprendió que sus días de mando tocaban a su fin. 

Mandó que, por medio de sus hombres, fuera llevado ante él al que había tocado el instrumento terrible, y así fue llevado el enano delante del viejo rey que estaba sentado en su trono en medio de la plaza y debajo de una ceiba que tenía mil años. Y siguiendo el consejo de los ancianos, el rey había decidido no entregar su reino, sin antes, por medio de pruebas, convencerse de que el que llegaba era verdaderamente el señalado por las profecías.

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