25 de Septiembre de 2018

Opinión

El Padre Pro

Juan Pablo II beatificó al Padre Pro el 25 de septiembre de 1988 y sus restos pueden venerarse en la iglesia jesuita de la Sagrada Familia en la Ciudad de México.

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Uno de los centros de derechos humanos más comprometidos que hay en México lleva el nombre de un personaje cuya fama, por lo menos, resulta paradójica.

Juan Pablo II, como parte de su personal revancha contra los gobiernos anticlericales del Siglo XX, beatificó al Padre Pro el  25 de septiembre de 1988 y sus restos pueden venerarse en la iglesia jesuita de la Sagrada Familia en la Ciudad de México. Su beatificación se unió a la de grandes cantidades de frailes y monjas muertos en la España republicana, perseguidos por el comunismo internacional o, ya en nuestra patria, de los caídos en la persecución religiosa y en la guerra cristera. Pero, a diferencia de muchos otros que hoy llenan los santorales, Juan Pablo II se quedó en la sola beatificación. Es mi convicción personal que el papa polaco no sabía a quién beatificaba y, al enterarse, decidió no mover ya más las aguas benditas. 

Miguel Agustín Pro Juárez nació en Zacatecas, en 1891, y entró a la Compañía de Jesús a los veinte años, en los inicios, pues, de la Revolución mexicana. Estudió en Estados Unidos y luego en Bélgica, donde conoció y se adentró en el trabajo de los sacerdotes con los obreros, y luego en Francia se acercó a la puesta en acción de la encíclica Rerum Novarum de León XIII.

Más adelante todo ello derivaría en el movimiento de los llamados curas obreros, a los que el Vaticano reprimiría posteriormente. 

Ya para entonces había muerto el Padre Pro, de forma que sería una inconsecuencia tratar de adivinar cuál habría sido su postura. Pero sí es posible afirmar que, al volver a México, se convirtió en valiente acompañante del pueblo y en defensor suyo, incluso en el derecho inalienable a profesar y celebrar su fe religiosa. Fue fusilado por órdenes específicas del presidente Calles, quien sabía que era inocente de un atentado del cual Pro nada supo. Para Calles fue la personal revancha del anticlerical en medio de una guerra absurda en la que el alto clero y el gobierno sacrificaron a un pueblo creyente y depauperado.

Esa guerra cristera, junto con otras vergüenzas como el genocidio de los chinos, lastima las conciencias más allá de cualquier ideología. 

Lo recuerdo porque su fiesta se celebró ayer, 23 de noviembre, y sobre todo porque en el Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juárez se mantiene viva su memoria.

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