23 de Septiembre de 2018

Opinión

Para encontrar la esencia

La vida es un proceso. Nosotros somos un proceso; no somos un producto perfecto ni terminado. Todo lo que ha sucedido en nuestras vidas tiene una razón que a veces no comprendemos.

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Lo que ando buscando no está “ahí afuera”, está en mi interior.-  Marion Woodman, escritora                

La vida es un proceso. Nosotros somos un proceso; no somos un producto perfecto ni terminado. Todo lo que ha sucedido en nuestras vidas tiene una razón que a veces no comprendemos. Intentar olvidar grandes períodos de nuestra vida o rechazar acontecimientos significativos, en especial si han sido dolorosos, es enterrar a vivos como si estuvieran muertos. Es como recibir una herencia y nunca emplearla. Intentar borrar el pasado es robarnos a nosotros mismos lecciones de sabiduría que son verdadera riqueza. 

Lo mejor que podemos aportar a nuestro vivir y quehacer diario son las experiencias de vida a lo largo de las edades transcurridas, con sus diversas circunstancias: abundancia y carencia, amores y desamores, alegrías y frustraciones. Gracias al pasado tenemos mayores y mejores fortalezas, nobleza de carácter y podemos amar y servir mejor. Dar gracias por la risa y por las lágrimas, por lo que salió bien y lo que no salió tan bien, puesto que lo volvimos a intentar y salió mejor. Dar gracias por las decisiones acertadas y por las que no lo fueron, pues tuvimos que rectificar y muchas veces comenzar de “cero”. 

Nos asusta darnos una zambullida para llegar a nuestras propias profundidades. Mirar adentro, para encontrarnos, nos da miedo. Y, ¿si no hay nadie? Sin embargo, ahí está nuestro “yo profundo”, nuestro espíritu. Vale la pena vencer el miedo para reconocer, y recuperar la consciencia de nosotros mismos. Saber que contamos con la presencia continua e inalterable de nuestra esencia divina. 

Se desvanece el miedo a la soledad y ya no más intentaremos llenar nuestro existir únicamente con trabajo, ocupaciones, comida, adicciones y banalidades. Disfrutaremos ratos preciosos, sin más compañía que nosotros mismos, que son para nuestro ser tan esenciales como la comida, el sueño, y el ejercicio para el cuerpo. No estar en contacto con esa divina esencia  nos hace más vulnerables a las influencias externas y menos conscientes de lo que realmente somos. 

El encuentro con nuestro espíritu nos aporta algo tan anhelado como la serenidad que se da al hacer contacto con esa esencia divina. La presencia de Dios está siempre en nuestro interior. ¿Quieres ese encuentro? Es grandioso y sublime. 

¡Ánimo! hay que aprender a vivir.

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