16 de Octubre de 2018

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Indiscutido favorito en la carrera presidencial de 2018, el tabasqueño Andrés Manuel López Obrador, dueño y señor del partido Morena...

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Indiscutido favorito en la carrera presidencial de 2018, el tabasqueño Andrés Manuel López Obrador, dueño y señor del partido Morena, vela armas para su tercera faena electoral donde, de nueva cuenta, enfrentará una ruda oposición de sus adversarios del PRI y PAN que están dispuestos a todo, incluso a una alianza bajo la mesa entre ellos para impedir su llegada a la presidencia.

Los números son contundentes: en la actualidad Andrés Manuel supera con holgura en los mano a mano a cualquiera de sus posibles contendientes, aunque la historia de las dos elecciones previas nos enseña que esto no es garantía de nada.

Porque en 2006, el ex jefe de gobierno del Distrito Federal estaba incluso más fuerte que en la actualidad, sin embargo fue derrotado por el panista Felipe Calderón en unas elecciones con tremendo tufo a corrupción institucional. En 2012, AMLO no era el claro favorito, pero a la hora de la verdad estuvo muy cerca del triunfo.

Seis años después, a Andrés Manuel lo seguimos sin dar por muerto. Por el contrario, está más vivo que nunca gracias a la debacle del priismo, tanto a nivel federal como en los estados, y a que el PAN tampoco convenció en los 12 años que estuvo en el poder.

López Obrador tiene las cartas en la mano para –por fin– llegar a la presidencia, pero para ello tiene que ocuparse de arreglar algunos asuntos internos en su propia casa: el partido Morena, que en algunos estados –como es el caso de Quintana Roo– se está desmoronando.

Aquí, en el único estado caribeño de México, el tabasqueño ha sido un consentido del electorado, resultando como el claro vencedor tanto en 2006 como en 2012, pero este 2018 la historia podría ser diferente.

A nivel local, Morena es un desastre, un nido de víboras ponzoñosas disputándose una tajada del pastel. Al mando está el ex priista José Luis Pech Várguez, quien no ha sabido darle cohesión al partido y, en cambio ha mostrado un protagonismo absurdo esperando ser candidato nuevamente en 2018, donde pretende aprovechar el impulso del efecto AMLO.

Pero en su afán de poder Pech Várguez ha dinamitado a su propio partido, desatando una guerra sucia contra militantes incómodos a los que incluso pretende expulsar, mientras utiliza su cargo para “guerrear” al gobierno de Carlos Joaquín en una estrategia de posicionamiento que es percibida por la ciudadanía no como una postura de oposición, sino de alianza con su viejo partido.

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