25 de Septiembre de 2018

Opinión

Pemex

El gobierno federal tendrá que evaluar lo que ha sido su primer manejo de crisis.

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La incredulidad es una forma de defensa de la gente hacia sus políticos. El rumor y la maledicencia prenden fácil. Lo que las autoridades dicen a través de los medios se traduce de manera diferente y, a veces, contraria a lo que se expresa. Políticos y gobernantes no lo debieran tomar muy personal, también el país registra una muy baja confianza entre las mismas personas y, como pocas veces, no hay estima pública hacia líderes religiosos, militares, empresarios o periodistas.

El gobierno federal tendrá que evaluar lo que ha sido su primer manejo de crisis. Ha sido muy positiva la coordinación con las autoridades del DF, hecho desconocido desde que se resolvió democratizar la designación del jefe de Gobierno. El informe oficial sobre las causas del siniestro en el edificio adjunto a la torre de Pemex será acogido por muchos con reserva. Los datos duros, incontrovertibles y convincentes difícilmente doblarán el prejuicio de muchos, abonado con la mala fe de algunos.

Lo que importa es que quien tiene obligación de investigar lo haga con claridad, método y sin otra aspiración que la verdad. La falta de oportunidad tuvo su costo, pero aun así las cosas no hubieran cambiado. Si se materializa la versión de que enviados de la embajada norteamericana confundieron y que hicieron posponer el desahogo de las investigaciones, servirá para comprender que el vecino es tan falible como cualquiera.

Lo más relevante no es el manejo de la crisis, sino las causas que han llevado a que los incidentes y accidentes en Pemex se estén dando con preocupante frecuencia. El presidente Peña Nieto debe ordenar una investigación exhaustiva para evaluar la gravedad de la situación de los sistemas de seguridad en la paraestatal y, más que ello, realizar las inversiones que se requieran para que Pemex esté a la altura de las mejores empresas el mundo, lugar que por su tamaño e importancia le corresponde.

También se deben airear, si fuera el caso, las responsabilidades derivadas por la negligencia o la omisión en materia de seguridad preventiva. Se trata de lo más elemental que dicta el sentido común: aprender de la tragedia para que no se repita.

Twitter: @berrueto
 

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