14 de Diciembre de 2017

Opinión

Peña Nieto y Mancera

El desafío de los dos políticos es despojarse de la inercia que los envuelve y el pesado cinismo que se ha naturalizado en la vida pública.

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Enrique Peña Nieto y Miguel Ángel Mancera serán personajes centrales en la vida nacional en los años por venir. Ambos, nacidos en 1966 y de profesión licenciados en derecho. Expresan el quiebre generacional en la política. Ninguno era personaje relevante hace una década, virtud más que defecto. Sin embargo, ambos enfrentan a un régimen, hábitos, usos y costumbres por superar. El país ha mudado de sistema, pero su política y políticos son iguales que los de antes, por eso la transición democrática no ha dado los frutos anhelados.

El desafío de los dos políticos es despojarse de la inercia que los envuelve y el pesado cinismo que se ha naturalizado en la vida pública. Cada uno en su circunstancia. El futuro presidente tendrá que enfrentar los graves problemas en materia de seguridad, una economía que no aporta justicia social y sí desigualdad, así como una clase política muy lejos de la sociedad a la que se debe y muy cerca de la venalidad y la incompetencia.

Doce años de gobierno del PAN aportan cosas buenas y malas. En lo primero, están los niveles de tolerancia y la libertad de expresión, condicionada no por el gobierno sino por el crimen organizado. También dejan un saldo negativo en muchos espacios, para efectos del liderazgo, lo peor ha sido la doble moral que les viene tan natural y que ha impedido un elemental sentido de autocrítica. El discurso presidencial no solo ha degradado el lenguaje, también ha maltratado la realidad.

Para Enrique Peña será más fácil la ruptura con el gobierno que le antecede; aunque Felipe Calderón ha sido beneficiario de los buenos modos y formas del mexiquense. La transición será tersa. Se advierte que Peña Nieto está lejos de un ánimo de revancha para quien dirigió al país con la víscera y con un círculo muy mediocre, ajeno a la historia y trayectoria del PAN. El gobierno que concluye se ha despachado con la cuchara grande y publicitariamente ha escapado al escrutinio público, no obstante la grave derrota en las urnas.

El reto mayor de Peña Nieto está en casa y tiene que ver con la línea conservadora y de resistencia al cambio en su propio partido. De no actuar proactivamente en estas semanas, las reformas en curso hubieran naufragado a cargo y cuenta del presidente electo. La lección de la reforma laboral es que debe manejarse por la vía de la negociación con la oposición y de imponer disciplina en el PRI. Lo que viene será todavía considerablemente más complicado, polémico e impopular: la reforma hacendaria y la de energía.

Mancera tiene la dificultad de administrar la relación con su antecesor. Por definición, ningún servidor público democráticamente electo se debe a alguien que no sean los propios electores. Nadie puede pretender de Mancera sumisión a proyecto, partido o personaje alguno. Ebrard trabajó bien en el DF, también López Obrador. El hecho es que ahora quien gobernará la Ciudad de México es quien ganó en las urnas con 60% de los votos y que su tarea es dar continuidad a lo que se hizo bien, corregir lo que se ha hecho mal y hacer lo pendiente.

A Mancera le habrá de repercutir la competencia política entre Ebrard y López Obrador. La diferencia es que aquel ha sido un inteligente y hábil político que por igual ha sido salinista, camachista, lopezobradorista y ahora con proyecto propio.

López Obrador es un líder con una sólida base social en el DF, ahora en proceso de conformar su propia organización política y que ofrece certeza sobre el sentido de su lucha. En perspectiva, las cosas favorecen más al tabasqueño, quien tendrá 64 años en los momentos cruciales para perfilar candidato presidencial.

El problema más serio para Mancera también está en casa. El PRD en la Ciudad de México y su clase política está corrompido a profundidad. Al igual que Calderón, Marcelo Ebrard se esmera en hacer creer que su gobierno está en los horizontes de la heroicidad. La realidad es distinta y en la Ciudad de México se confunde lo que hace el gobierno con los beneficios del centralismo político, cultural y económico del país. Sólo por mencionar un tema, la inseguridad persiste, aunque no alcance la notoriedad de las ciudades agobiadas por la guerra entre cárteles. Robos, secuestros, extorsiones y violaciones continúan, al igual que la corrupción y tráfico de influencia en las esferas del gobierno local.

La realidad es que Miguel Ángel Mancera tiene una enorme oportunidad que, de hacerlo bien, lo llevaría a la candidatura presidencial. Peña Nieto ha llegado al privilegiado cargo; ahora de lo que se trata es de hacer bien las cosas. Cierto es que un presidente no tiene amigos, pero tampoco enemigos. Su responsabilidad es con quienes lo eligieron y cumplir con lealtad al país y con responsabilidad la tarea propia de su investidura.

Twitter: @berrueto

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