25 de Septiembre de 2018

Opinión

Perdón y confianza

Todos deseamos que al pedir perdón sinceramente se nos crea.

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Un día en marzo de 1981 John Hinckley Jr. intentó asesinar al presidente de Estados Unidos Ronald Reagan; obsesionado con la actriz Jodie Foster, decidió llamar su atención de esta manera. El intento no tuvo éxito, la bala perforó el pulmón de Reagan, pero no le causó la muerte, otro proyectil alcanzó al secretario de prensa condenándolo a vivir el resto de su vida en silla de ruedas. Durante el juicio se concluyó que Hinckley sufría de demencia.

Un juez ha decidido, 35 años después, que el autor del atentado puede ser liberado, ya que desde 1983 no evidencia señal de trastorno mental alguno, no representa ningún peligro para la sociedad o el mismo y vivirá bajo observación en casa de su madre.

Por estos mismos días, el gobernador de California acaba de anular el fallo de una comisión que propuso la libertad condicional, después de 47 años, para Leslie van Houten, discípula del célebre Charles Manson y quien bajo su influencia cometió, con otras dos personas, los asesinatos de los esposos Leno y Rosemary LaBianca en 1969; durante su participación en el asesinato, Leslie asestó 16 de las 40 puñaladas que cortaron la vida de Rosemary.

Tenía 19 años al momento de los asesinatos, condenada a cadena perpetua y ahora con 67 años esperaba poder recibir la libertad condicional. La comisión que estudió el caso tomó en cuenta la edad de la joven al momento del delito, el haber actuado bajo los efectos de drogas, nunca haber recibido alguna sanción por indisciplina en más de 45 años en la cárcel y que durante todo este tiempo ha estudiado una carrera universitaria y una maestría; sin embargo por vigésima vez la libertad condicional le fue negada; se espera que intente de nuevo obtenerla.

En cualquiera de los dos casos es muy difícil saber si las decisiones fueron adecuadas o no, siempre existe el riesgo de equivocarse, no hay certeza de que lo decidido sea lo adecuado, esto no se aplica solamente para esos casos tan extremos, nos enfrentamos a esta situación siempre en cada día de nuestras vidas e incluso podemos estar en cualquiera de los lados de la ecuación, ser quien solicita perdón y confianza o tener que perdonar y confiar.

Si desde la verdad pedimos perdón y confianza, nos asalta el temor y la duda de no saber si nuestras palabras y actos transmiten con suficiente claridad lo que nuestro corazón y pensamientos viven. Todos deseamos que al pedir perdón sinceramente se nos crea, la verdad es que muchas veces puede ser así y otras tantas no, ese es el riesgo de quien daña la vida del otro ya sea voluntariamente o no.  

Al estar ante la disyuntiva de perdonar o no, de confiar de nuevo o no, tenemos que sobreponernos a la ofensa, el dolor o desengaño vividos. Nuestro interior se agita y nos sentimos desconcertados sobre cuál camino tomar, es relativamente común vivir desconfiando de quien nos da razones para ello y también de quien no nos las da; confiar siempre es difícil, confiar es siempre asumir el riesgo de sangrar en el intento, es arriesgar la propia piel en beneficio de una relación y sin embargo no hay otra manera de vivir realmente la vida que confiando.

Si es nuestra decisión caminar por el lado soleado de la calle y no por el obscuro, también lo es esperar empecinadamente el bien y no el mal, esperar siempre el bien de los demás puede ser una actitud ilusa e inocente ante un mundo tan cínico como el nuestro, pero en realidad es la única forma de hacer que nuestras vidas realmente sean vidas y no se reduzcan al mero hecho de existir e irnos arrastrando por los años de nuestro tiempo en medio de un mar de desconfianzas.

Quien confía se equivocará algunas veces y acertará muchas, quien desconfía acertará en muchas ocasiones, pero se equivocará trágicamente en muchas más ocasiones de las que imagina, porque, a pesar de los pesares, hay muchas más personas sinceras que hipócritas, muchos más padres preocupados por sus hijos que quienes se desentienden de ellos, muchas más personas fieles a una relación que infieles a ella, muchas más personas honestas y trabajadoras que deshonestas y flojas, muchas más hermanas, esposos, tíos, padres o abuelos con un sincero amor en su corazón que aquellos que no tienen la dicha de saber amar.

Amar no es un privilegio para cobardes, amar en verdad es sólo para los valientes, para aquellos dispuestos a perdonar y confiar de nuevo y a arriesgar la vida en ello, confiando en la bondad y la verdad del amor auténtico. Lo que busques de corazón será lo que encontrarás en los demás.

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