24 de Septiembre de 2018

Opinión

Perdonar no implica amnesia

Hay relaciones que pueden arreglarse si tan sólo quisiéramos pronunciar palabras de reconciliación, si pudiéramos pasar por alto momentos que en ciertas circunstancias fueron desagradables.

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El perdón es una decisión, no un sentimiento...- madre Teresa De Calcuta  

Perdonar, reconciliarse, no significa olvidar; es no permitir que ofensas y dolores personales se conviertan en el centro de nuestra existencia y la consuman. Puede suceder que en nuestro equipaje llevemos conflictos, críticas destructivas, quejas insignificantes, malhumor, manías neuróticas que no sólo hacen más pesada la carga sino que dificultan llegar a la meta con buena compañía y con la satisfacción de que, al final, el fiel de la balanza se incline por el peso de un corazón generoso y limpio. 

Para que la vida tenga significado hay que tirar lo que retrasa y hace pesado el viaje. La vida es muy valiosa y frágil para desperdiciarla.

Perdonar a otros y perdonarse a uno mismo. Sí, a nosotros mismos, porque con frecuencia somos quienes hemos causado heridas y decepciones. Hay relaciones que pueden arreglarse si tan sólo quisiéramos pronunciar palabras de reconciliación, si pudiéramos pasar por alto momentos que en ciertas circunstancias fueron desagradables y que, tal vez, les dimos más importancia de la que realmente tenían… dejar ir la ira y abrir el corazón; tener el valor de decir la primera palabra para acabar con el silencio tan preñado de resentimiento.

Total, ya pasó y está ocupando un espacio, innecesariamente, que hace más lento nuestro avance, bloqueando la alegría de vivir. Cuando se limpian mente y corazón de resentimiento, coraje y rencor se hace lugar para guardar los bellos momentos, las palabras de afecto, los gestos de nobleza y acciones llenas de amor que hemos recibido y, lo más importante, es que Dios inunda de luz y paz todo nuestro ser.  

La psicología señala que debemos trabajar terapéuticamente el trauma, la pena, la frustración y reconocer y expresar nuestros sentimientos para, después de revivir acompañado del terapeuta aquel momento doloroso, sanar y liberarnos. Generalmente, estamos felices al recordar las cosas buenas de las que nos enorgullecemos.

Las cosas malas las solemos olvidar y puede ser que Dios insista en que las recordemos para que asumamos la responsabilidad que nos corresponde. Hay momentos imprescindibles para pedir perdón u otorgarlo y desdibujar los resentimientos tan inútiles.    

Yo quiero continuar mi viaje reconociendo y dejando ir todo lo que me contamine, amargue, disminuya o entristezca mi vida para llegar  a “la tierra prometida donde mana leche y miel”. Y tú, ¿quieres llegar también? 

¡Ánimo! hay que aprender a vivir!

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