12 de Diciembre de 2017

Opinión

Pesadillas del opio

“Quien consume drogas tiene enorme proclividad al delito”, informa el oficial Mondragón.

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“Yo no quiero un país mariguanero”, disparó hace unos días, con orondo desdén, el doctor Manuel Mondragón y Kalb, hasta hace algunos meses comisionado nacional de seguridad y recién investido comisionado nacional contra las adicciones.

Qué mudanzas difíciles, ¿no es cierto? Ser doctor y meterse a policía; hacerse policía y tener que ejercer como doctor. Despertar cualquier día, desconcertado, y no saber del todo si toca prevenir o corregir, recetar o arrestar, ir a chambear de botas o de bata, colgarse la pistola o el estetoscopio. Para colmo, es preciso dar la idea de que está uno perfectamente ubicado. “Ya no vuelvo a fumar, doctorcito”, se somete el paciente a media pesadilla, “nada más no me apunte con ese fusil”.

Es probable que en esta suerte de salto mortal el doctor Mondragón diérase a imaginar el país de sus sueños. El México que él quiere, ya sea en plan de gendarme o de galeno. Y más exactamente el que no quiere, como quien se ha propuesto erradicar sus peores pesadillas (y de paso las nuestras, que en su opinión serán por fuerza idénticas). Cosas que a uno le vienen a la cabeza cuando aún no ha terminado de administrarse el tratamiento entero de Ubi-caps.

“Quien consume drogas tiene enorme proclividad al delito”, informa el oficial Mondragón en su entrevista con Carlos Benavides, y abunda: “en 70% de los delitos dolosos y culposos, de acuerdo con estadísticas de los Ministerios Públicos, está involucrado el uso del alcohol y quizá de otras drogas”. Y a todo esto, ¿dónde anda el doctor Mondragón?

No está del todo claro si lo que le preocupa al dos veces comisionado es la erradicación de las adicciones o el combate al delito; se diría que tiene dificultades para diferenciar adictos de criminales, si es que se lo ha propuesto eventualmente. Ahora bien, ya sea como guardián de la ley o de la salud, parece temerario que el doctor Mondragón se aventure a citar un porcentaje para dar consistencia a su opinión y remate con un insidioso “quizá”.

“No estoy en contra de quien se toma una cerveza, o un tequila, o dos, esto es algo que puede darse sin problema, lo que no puede ser es que una persona caiga en una adicción al alcohol que acabe con su familia, con su persona, con su trabajo, que le impida estudiar, que se vuelva una lacra social, que caiga con cirrosis hepática, que muera temprano”, se luce Mondragón, ya subido en un púlpito desde el cual dicta normas de conducta, seguramente porque no desea vivir en un país tequilero. Uno o dos está bien, tres se hace delincuencia.

Ya encarrerado a lomos de su prosapia, nuestro comisionado contra las adicciones se lanza a perorar en torno a una probable despenalización de la mariguana, y así plantea hipótesis catastróficas para el sector agrario y el comercio internacional. “¿Vamos a cambiar la vocación de la tierra mexicana y la vamos a volver de mariguana?”, se pregunta el doctor y expolicía, ya en papel de estadista y agrónomo. Y es que si de por sí el tema de las drogas despierta en medio mundo al predicador, hay que ver la pasión que el policía experto invierte al abordarlo: helo ahí, defendiendo inclusive la presunta vocación de la tierra con tal de hacer valer la estrategia, fallida en todo el mundo, del prohibicionismo.

“Muchas veces también los adictos se convierten en vendedores de droga, en narcotraficantes, en narcomenudistas”, señala, pedagógico, el comisionado, de lo cual se desprende que todo adicto es, a sus celosos ojos, sospechoso de tráfico de enervantes. ¿Cuántas veces son “muchas”, según él? ¿Una de cada mil, una de cada diez, cuatro de cada cinco…? Perdone usted, señor policía, ¿sería posible hablar con el doctor?

Hace ya muchas décadas que este asunto está en manos de la policía, y de entonces a acá todo ha empeorado. Hay, dice Mondragón, cada día más adictos, y cada vez más jóvenes. Sería interesante cotejar los millares de millones que se gasta el Estado en perseguir el tráfico de enervantes con lo poco que queda para la prevención y el trato de adicciones. En Estados Unidos, por ejemplo, hay más de una entidad mariguanera que recibe millones de dólares anuales en jugosos impuestos a partir de la despenalización, y buena parte de ello va a dar a los programas de salud.

Si he de escribir aquí alguna respuesta que a su modo equivalga a las declaraciones del comisionado, diré que yo no quiero un país, ni una ciudad, ni un mundo donde los hombres de pistola y garrote cuiden de mi salud como lo haría un adulto con un niño. Hasta donde hemos visto, esta estrategia entre paternalista y paranoica es muy útil para multiplicar los muertos y los adictos, por no hablar de maleantes y presidiarios. Es decir que al “delito contra la salud” se le combate insalubremente. Yo diría que incluso se le promueve. Por eso insisto en que al señor doctor le quiten la cachucha de jenízaro. No vaya a ser que arreste a sus pacientes.

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