12 de Diciembre de 2017

Opinión

Precandidatos reelegibles

Destacará por su efecto contrario a la salud democrática: la concentración de la atención de los electos no en las tareas de su cargo, sino en la obtención de apoyos políticos y económicos para mantenerse en él.

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Cerca ya de la definición de candidaturas para las próximas elecciones locales, la forma como aspirantes y partidos se preparan para ello no parece exhibir diferencias con procesos anteriores: búsqueda de espacios mediáticos a como dé lugar, precampañas que compiten ferozmente por su banalidad, búsqueda de equilibrios y candidaturas competitivas al tiempo que se trata de limitar el daño interno de cada instituto político y compromisos grupales presentes y futuros.

Hasta ahora, la contienda no parece acusar la existencia de un factor fundamental que la diferencia de las anteriores: quienes resulten electos tienen ante sí la opción de buscar la reelección, una vez en el caso de los ayuntamientos y hasta tres en el caso de los diputados.

A diferencia de otras ocasiones, donde los derrotados podían confiar en que en tres años más necesariamente habría un relevo de los electos, y por tanto una nueva oportunidad general de disputar un cargo de elección, esta vez los derrotados tendrán que tener en cuenta que, en el siguiente proceso, quienes ocupen esas posiciones buscarán, previsiblemente, mantenerse en ellas, compitiendo para ello con las ventajas de hacerlo desde una curul y, especialmente, desde un palacio municipal.

Más allá de la ingenua ilusión de algunos sobre el rendimiento de cuentas de los electos, lo que prevalecerá, como es regular en la política mexicana, será que quienes se encuentren en las diputaciones y alcaldías utilicen todos los medios que el cargo pone a su disposición, incluyendo la influencia en la vida partidista y el manejo del presupuesto, al margen de lo que diga la ley, para asegurar su meta.

Si bien la culminación de este proceso no se dará sino hasta la elección local de 2018, algunos de sus elementos habrán de manifestarse de manera más o menos inmediata, sea a la consagración de candidaturas de elección segura, sea a la ocupación del cargo en competencias reñidas.

Dos fenómenos destacarán por su efecto contrario a la salud democrática: la concentración de la atención de los electos no en las tareas de su cargo, sino en la obtención de apoyos políticos y económicos para mantenerse en él y, peor aún, la perpetuación en esas posiciones de políticos exitosos en las trapacerías del sistema, más que en los deberes del puesto. Al tiempo.

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