25 de Septiembre de 2018

Opinión

Prudente reforma energética

No se trata de pasar de un monopolio público a un monopolio privado donde la diferencia entre costos y precios pasa de la bolsa pública a la privad.

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Aunque no faltan quienes quieren ver en la postergación, por una semana, de la presentación de la propuesta gubernamental (se hará hoy) sobre la reforma energética síntomas de indecisión o de falta de voluntad para realizar los cambios necesarios para adecuar, conforme a las exigencias del mercado global, Pemex y la CFE, me parece que modificaciones de tal impacto merecen la pena ser pensadas dos veces.

Puesto que no se trata simplemente de conseguir a como dé lugar los votos necesarios para su aprobación, lo que se obtendría fácilmente adhiriéndose a la propuesta radical del PAN; ni siquiera de ganar tiempo para obtener la aprobación, o evitar el rechazo, de la mayoría de los ciudadanos. De lo que se trata, antes de tomar partido por alguna de las posibles variantes que pueda tener la reforma, es de hacer una propuesta responsable.

Una propuesta que por un lado corresponda a las necesidades de modernización de la industria y que por el otro no deje descobijado en materia de ingresos y de soberanía al Estado Mexicano. Es decir que propicie una transición lo menos abrupta posible entre unas finanzas públicas “petrolizadas” a una economía gubernamental menos dependiente de los precios del petróleo y del gas,  pero que garantice el abasto, con precios  accesibles, de los bienes energéticos.

Porque no es cierto que basta con privatizar para que bajen los precios, eso quedó claro con la privatización, hace algunos años, de la industria eléctrica en el estado norteamericano de California, por ejemplo, donde para garantizar el abasto se exigía un fuerte subsidio gubernamental y los pensionados se quejaban de tener que decidir entre comer o pagar la luz.

No se trata de pasar de un monopolio público a un monopolio (u oligopolio) privado donde la diferencia entre costos y precios pasa de la bolsa pública a la privada y las ganancias son transferidas a los países en que se ubican las casas matrices de los inversionistas, como sucede con la banca.

Se trata ciertamente de permitir la inversión privada en la industria energética, pero ¿en qué medida? y ¿en qué áreas?, ahí está una parte de la cuestión; la otra parece estar cifrada en la proporción en que debe distribuirse la renta petrolera entre el Estado y las empresas. Y me parece que sobre estos puntos el modelo brasileño puede ser el que más se acerque a lo que necesitamos.

Se trata también de cuidar que las modificaciones legales puedan redundar en la generación de empleos, en lugar del desempleo que acompaña casi siempre a las tareas de reestructuración de las empresas, así como que puedan mejorar los ingresos de los trabajadores.

No sé si sea mucho pedir, pero hay más posibilidades de conseguir las cosas cuando se tiene bien claro lo que se quiere. Y lo que queremos es que los cambios beneficien antes que nada a la gente. Para ello es preferible ser prudente.

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