23 de Febrero de 2018

Opinión

¡Que Dios nos perdone!

¿Estamos haciendo algo real, efectivo, y digno, para facilitar y dignificar al adulto mayor, que aún continúa en la trinchera?

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Esa tarde, mi amigo don Juan me obligó a reflexionar. Mientras se acomodaba en la banca de aquel parque,  me pidió emitir opinión personal en cuanto a considerar su retiro laboral, propuesto por alguna instancia de corte gubernamental.

Con paciencia, esperó terminara de contestar mensajes que llegaban al celular, emulando a vil esclavo del vehículo de comunicación, que atrapa y vuelve dependientes. Con sutil gracia nos aleja de lo verdaderamente valioso de esta vida: el ser humano.

Avergonzado por mi poco ético proceder, apagué el prodigio de tecnología –que para mañana será obsoleto- y regresé con mi decano acompañante. Continuando, me decía el septuagenario que deseaba tener un devenir más tranquilo, sin tener que ir a “checar” a determinada hora y desempeñar la encomienda que le indicaran; enfatizando que esa mañana le habían propuesto su retiro. Me le quedé observando unos segundos y le contesté sin titubear: ¡Para luego es tarde! 

Y sin dejarlo emitir palabra,  le comenté: capaz de que con singular argucia que caracteriza a mozalbetes tecnócratas y economistas de escritorio, que se enorgullecen de estructurar innovadoras estrategias, justifiquen cómo quitarle su escueta pensión… ¡En el camino andamos…!, mi corazón respondió Ipso facto y en mismo orden de ideas, me trajo a la mente la imagen de prócer de la medicina en el área de la cirugía, quien, arriba de los setenta años, lo veía con paso lento checar cada día su entrada y salida en conocido, ancestral y emblemático nosocomio de la avenida Itzaes, ayudado por su hijo, de quien me precio de ser su amigo. 

Y así un servidor todos los días preguntaba, de frente a postal referida:  “¿Acaso no existe algún mecanismo administrativo para que estos pilares yucatecos, de quienes tanto presumimos allende fronteras y ninguneamos en el terruño, puedan alcanzar el perdón de los actuales directivos, cuyos libritos les dicen que para  confirmar su asistencia es obligado poner su huella digital en moderno checador?”. 

En aquellos tiempos, con rabia declaraba: “¿No fueron esa manos las que dieron y salvaron seres humanos coterráneos, con prehistórico instrumental, pero con gran habilidad y sabiduría?”.

Finalmente amable lector, después de mostrar estos dos ejemplos de entrega y servicio, me cuestiono: ¿en realidad estamos haciendo algo real, efectivo, y digno, para facilitar y dignificar al adulto mayor, que aún continúa en la trinchera, con romántica ilusión de servicio, más allá de las migajas que llamamos “pensión”? Analiza y opina. Nos vemos en la próxima, y,  como diría una amiga, que Dios nos perdone.

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