21 de Noviembre de 2018

Opinión

Que no nos separe la vida

La transición de Chile se hizo bajo la ominosa custodia del régimen militar, que impidió durante años el avance de la verdad y la justicia.

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Este 11 de septiembre se cumplen 40 años del golpe militar en Chile, al que siguió una larga y cruenta dictadura y, después, una transición a la democracia no menos ardua pero al fin lograda mediante un amplio proceso de consensos. 

Milenio da cuenta en su edición de este lunes de las manifestaciones de miles de chilenos en las principales ciudades de ese país, exigiendo el esclarecimiento de lo ocurrido y el castigo a la violación de los derechos humanos durante la dictadura, en la que la represión rebasó todos los límites: 250,000 personas detenidas en los primeros meses del golpe; 200,000 exiliados; 2,115 asesinatos documentados producto de violaciones a los derechos humanos por acción del estado; 34,690 prisioneros políticos, de los que 28,459 sufrieron torturas, incluyendo 1,068 que tenían menos de 18 años y 176 de ellos menos de 13; y 3,400 mujeres abusadas y violadas por sus captores, de las 3,621 detenidas. Sólo la estadística más notoria de una larga lista de crímenes. 

La transición se hizo bajo la ominosa custodia del régimen militar, que impidió durante años el avance de la verdad y la justicia. Hoy, Chile está en ese camino con las heridas aún abiertas. Como declaró Lorena Pizarro, presidenta de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos: “Nosotros  no estamos obligados a perdonar… lo que nosotros queremos es que se empiece a hacer justicia y se reconozca la verdad…” 

Los expresidentes de la transición democrática de Chile, Michelle Bachelet, Ricardo Lagos y Eduardo Frei, se reunieron en el Museo de la Memoria para conmemorar el aniversario del golpe, en un acto alterno al discurso del presidente Piñera al que no asistieron. Bachelet llamó a cambiar las instituciones y el sistema heredados del golpe: “Es hora de reformas profundas… conocer la verdad es condición de cualquier relato presente”, mientras que Eduardo Frei Ruiz declaró que “la mayor deuda, y el camino para reconciliar el país, es avanzar en la verdad y la justicia”.

El discurso del presidente Piñera seguramente causará polémica porque reparte responsabilidades históricas entre tirios y troyanos, aunque reconoce expresamente que hay que ser categórico con respecto a “las graves y reiteradas violaciones a los derechos humanos” y que “ninguno de los hechos, causas, errores y responsabilidades que condujeron al quiebre de nuestra democracia, justifica los inaceptables atropellos a la vida, integridad y dignidad de las personas que le siguieron”. Queda pues, el establecimiento de la verdad y la aplicación de la justicia.

En su discurso desde el palacio presidencial bombardeado, consciente de su inminente sacrificio, Salvador Allende no imaginaría seguramente los extremos que siguieron, pero aún así concluía: “Tengo la certeza de que, por lo menos, habrá una sanción moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición”. Yo me quedo con las palabras del Testamento de Neruda: 

¡Que no nos separe la vida y se vaya al diablo la muerte!

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