12 de Diciembre de 2018

Opinión

Racismo en el alma

Si usted le pregunta a algunos europeos dónde está México, la inmensa mayoría, si no la totalidad, declarará que está en América del Sur.

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Cualquier niño de 10 años al que no le haya ido especialmente mal en la prueba PISA tiene perfectamente claro que en América hay muchos países, uno de los cuales es México y otro los Estados Unidos, y que el continente está dividido, como es evidente al ver el mapa, en dos enormes partes, llamadas con la más elemental lógica Norteamérica y Sudamérica, unidas por una franja más bien chiquita llamada Centroamérica, como observan los más adelantados.

Al asunto de que América es un continente y no un país no me dedicaré más, vista la incapacidad absoluta de estadounidenses y europeos por entender este concepto. Habría que ver cómo les va en la citada prueba.

Creo que resulta mucho más interesante descubrir por qué estas mismas personas son igualmente incapaces de entender qué es y dónde está América del Norte.

La división geográfica entre los dos subcontinentes no puede ser más gráfica ni más evidente, a diferencia por cierto de la línea fronteriza entre Asia y Europa, que realmente no existe.

Sin embargo, si usted le pregunta a algunos europeos dónde está México, la inmensa mayoría, si no la totalidad, declarará que está en América del Sur, y tal vez algún erudito apunte que en Centroamérica. Si además usted trata de hacer la aclaración geográfica correspondiente, recibirá un heterogéneo coctel de miradas, desde las rayanas en el enojo (“¿Y yo le voy a creer a este sudaca que es norteamericano?

¡Anda ya!”) hasta las de compasión (“¡Ah, pobre muchacho! Así de mala está la educación de estos indios”).

Si esta concepción se circunscribiera a turistas o al viandante estándar, siendo preocupante no llamaría particularmente la atención. Sin embargo, se trata de una noción plenamente consolidada en los medios de comunicación, en el discurso político y hasta en la educación, como podemos observar todos los días en la televisión y en internet.

En esta concepción, Norteamérica no es un lugar de la tierra, sino un status de nación y de desarrollo, y de ninguna manera es creíble que México se encuentre en el mismo nivel que los Estados Unidos.

Y las cosas no son como son, sino como deben ser: riqueza, norte, inglés y piel blanca van de un lado, mientras que pobreza, sur, español y piel morena del otro. Se acomoda así la realidad -masa territorial de América incluida- al prejuicio, encontrando orden y corrección en la desigualdad.

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