27 de Mayo de 2018

Opinión

Recuerdos mecidos en la hamaca

El engendro del pasado veía pasar las horas y a veces los días, hasta que dejaba de dolerle la dura realidad de hoy.

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Había días en que el anciano cascarrabias no ponía pie en la calle –y eso que algo de lo que más le gustaba era caminar, ahora que sus menguadas fuerzas físicas y sus rodillas reumáticas (la izquierda sobre todo)  no le permitían practicar el deporte que lo apasionaba-. Se quedaba en su casa, apoltronado (aunque la asaltaban sus dudas gramaticales porque no estaba en una poltrona y quizá era mejor decir aplatanado o arranado) en su vieja, suave hamaca “de cuatro cajas” que compró cuando estaba en su apogeo aquella fábrica de El Aguacate, allá por donde hoy funciona el “corredor del sexo”, y él aún tenía posibilidades.

Disquisiciones lingüísticas aparte, esos días ni siquiera tocaba un libro (y eso que siempre había uno empezado y otro pendiente de leer). Sencillamente se dejaba llevar por los recuerdos y divagaba por todos los rincones de la memoria. Recordaba los tiempos en que había sido un hombre feliz y pleno, cuando, vigoroso y delgadísimo, lo mismo jugaba beisbol que basquetbol o futbol. Cuando en los torneos de conocimientos en los planteles donde estudió casi siempre salía vencedor –y no porque fuera especialmente inteligente sino porque cada tiempo libre que tenía lo dedicaba a leer-. Se paraba en la remembranza de aquel primer amor (en segundo de primaria, a una güerita cuatro ojos por la que incluso llegó a los golpes con un sospechado rival).

Tenía tanto que rememorar que casi no se levantaba de la hamaca –de puro hilo de algodón, no como las de ahora que son de sintéticos y dan mucho calor-. Cuando el hambre le mordía las tripas, se paraba, engullía uno o dos plátanos, tomaba un vaso de agua (no con agua, pensaba, como dicen ahora los engreídos que no saben que la preposición de en este caso establece una relación de contenido no de cualidad material y en medio de su ignorancia se burlan de uno, especialmente algunos foráneos).

Así, el engendro del pasado veía pasar las horas y a veces los días, hasta que dejaba de dolerle la dura realidad de hoy (esas recordaciones eran como bálsamo para su maltratado corazón). Cuando ya se sentía redimido, se levantaba, se bañaba y salía a caminar. En la calle, volvía a sentirse miserable y abandonado y recurría de nuevo a sus latinajos: Alea jacta est (La suerte está echada), decía como Julio César ante el Rubicón.

Sic transit gloria mundi, musitaba también para sí mismo.

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