22 de Octubre de 2018

Opinión

Reelección 2013

La reforma electoral permiten y hasta estimulan el uso corrupto de dinero público y privado.

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La urgencia de una reforma electoral, planteada por el PRD y el PAN, resultará probablemente en su realización antes de concluir el año. Los últimos comicios, tanto federales como locales, han demostrado que, en efecto, el sistema electoral mexicano presenta deficiencias y malformaciones. 

Éstas permiten y hasta estimulan el uso corrupto de dinero público y privado -incluyendo el de distintos orígenes ilícitos- como instrumento privilegiado para alterar los resultados electorales, cancelando la autenticidad que las leyes exigen para el voto ciudadano. Empero, las propuestas que los distintos actores han hecho forman un conjunto contradictorio, inconsistente, saturado de frivolidades y, principalmente, contrario a la necesidad de superar la brecha que separa a la clase política de la ciudadanía.

Insistir en la reelección revela la apetencia de quienes hoy ocupan curules de eternizarse en ellas. Es una falacia que en las condiciones actuales del país este mecanismo permitiría a los ciudadanos calificar mejor el desempeño de sus representantes. En México, como en cualquier democracia electiva razonablemente funcional, esta calificación se hace a partir del desempeño de los actores parlamentarios reales, los partidos políticos, y no del ficticio seguimiento que cada ciudadano haría de su personal representante. Tampoco ocurre así en Suiza.

La reelección hoy sólo sería garantía de que los de por sí viciados aires de la política carezcan del necesario refresco de nuevos actores. Aseguraría también la consolidación de una élite legislativa inamovible, plutocrática por su necesidad de complacer a los empresarios y medios de comunicación que la premien con su apoyo electoral, ajena como nunca a la vida cotidiana de la gente y tendencialmente gerontocrática, vista la vocación de los peores políticos -sin más causa que la personal- de aferrarse a las posiciones de poder tanto tiempo como sea materialmente posible. No es casual que sean las televisoras, las primeras denostadoras de la institución parlamentaria, las más eufóricas promotoras de que diputados y senadores no se muevan de sus puestos.

La pasión de un puñado de políticos y locutores porque el poder no sufra el riesgo de cambiar de manos dista de ser una demanda democrática en el México de hoy.

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