16 de Octubre de 2018

Opinión

Reflexión navideña

Estamos siendo alimentados con raciones diarias de pesimismo y desconfianza, nos lo hemos creído y encerrado en la desesperanza y el fatalismo.

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Quien tenga oídos, que entienda.- Mateo 13, 9 

Un día se nos dijo que “nos reconoceríamos por el amor que nos tuviéramos…” y para hacerlo hay que despojarse de tantas falsas creencias como “… ya no hay remedio”, “TODO es violencia, corrupción e inseguridad” ¡Alerta!, estamos siendo alimentados con raciones diarias de pesimismo y desconfianza, nos lo hemos creído y encerrado en la desesperanza y el fatalismo. ¡Cuidado! con la anestesia del confort, diversiones y bienestar superficiales y aparentes, que no terminan de llenar el vacío interior. 

¡Arriba corazones! No es cierto que en el hombre y en la vida haya más malo que bueno. Hay que reavivar el fuego de confianza y abrir bien los ojos y oídos para captar la bondad del ser humano, practicar la solidaridad con el prójimo, actuar con justicia y apostar a favor de la vida.

Es verdad que hay personas honestas e íntegras que no “venden su heredad por un plato de lentejas”, es cierto también que no salen en los periódicos ni en las noticias, no vemos reflejadas sus buenas acciones, a veces heroicas, ni en las telenovelas ni en muchas películas y ni siquiera nos ocupamos de platicar acerca de cómo viven con rectitud, honradez y conscientes del bien común. Unámonos a los que tienen dudas, pero siguen creyendo, a los que aún con cansancio siguen tendiendo la mano y ayudando a aligerar la pesada carga del hermano en la pobreza, en la enfermedad, en momentos críticos por la pérdida del empleo. 

Si quieres, podemos llevar esperanza donde hay desaliento y compartir la alegría que brota del corazón y que aún sin ver cree en la providencia y en el AMOR de Dios hecho hombre, demostrarnos que sí es posible confiar y creer en que AMAR es la respuesta que conlleva justicia y paz. 

El prometió que se nos dará el ciento por uno. Ateniéndonos a esa promesa vamos haciendo vida un amor que lleva a la denuncia, a la protesta enérgica y pública; intransigente con los engaños, combatiendo de frente la injusticia y la hipocresía de quienes, amparándose en el poder religioso, económico y/o civil, abusan con falsas promesas, y regalan “espejitos y baratijas” para manejar y distraer trastocando la dignidad de sus hermanos en provecho propio. 

Volver a la verdad, a la dignidad humana fundada en la fraternidad, en la integridad y en la integración, en la misericordia y en el perdón.  Cantemos juntos el bellísimo: “Himno a la alegría”: “…cuando los hombres volverán a ser hermanos”. 

¡Ánimo! hay que aprender a vivir!

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