23 de Octubre de 2018

Opinión

Revolucionario educativo indígena

Don Bosco Ortuzar de la Cadena, originario de Cataluña, España, de oficio abarrotero, llego a Chenaló...

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Don Bosco Ortuzar de la Cadena, originario de Cataluña, España, de oficio abarrotero, llego a Chenaló, Chiapas,  en 1890 e instaló “La Prosperidad”, una tienda que en corto plazo cobró popularidad por su trato amable y cortés con los lugareños. Al viejo español le había aumentado la alegría desde que había tomado en adopción a Manuel Arias Sojob, que a sus escasos siete años de edad escuchaba con esmerada atención, las historias que con paciencia pedagógica le narraba por las tardes, aquel noble ibérico samaritano, leyéndole pasajes del Quijote y la Biblia. 

Arias Sojob se propuso copiar textualmente grandes obras de la literatura universal y lo logró. Al cumplir los quince ya era considerado extraordinario escritor, donde la influencia de aquellos libros le había dado fortuna a su saber, y comprensión a la realidad de su vida. Por ello, descubrió a edad temprana la necesidad de luchar contra la injusticia, la explotación a los hombres y la ignorancia al conocimiento.

Tomó el tiempo y un espacio ex profeso para habilitar una pequeña escuela, donde enseñaba el abecedario revolucionario que consistía en dar a cada silaba la expresión del dolor, el sufrimiento o la alegría: La “a”, del amor: la “b”, de bendición; la “c”, de coraje;  la ”i”, de injusticia; la “r”, de revolución, etc. Así llevaría a cabo la primera revolución educativa de la que en Chiapas se tenga memoria. 

Don Bosco Ortuzar le trasmitió historias del viejo continente que alimentaron la precoz imaginación de aquel niño que saltó de los juegos infantiles, naturales de su edad, por la pasión lectora de grandes escritores, en los que el humanismo, la justicia y el conocimiento fueron conceptos que se arraigaron en su vida, trasmitiendo la congruencia de su actuar con su pensar. 

Interpretaba en los libros el arma con que había que defender el derecho de los desposeídos. Así lo hizo ver en aquella frase que acuñó: “No se puede pensar en el tener; si no hemos llegado al ser. El tener es material, el ser es espiritual y es lo que perdura”.

La inesperada muerte de su protector lo dejó en un intenso vacío de soledad, y la propiedad que le heredó en escuela-taller y un museo de la región. Las autoridades de su pueblo, San Pedro Chenaló, lo solicitaban con esmero como escribiente, pero él se resistía al ver que el gobierno solapaba un régimen de esclavitud indígena. 

Por rebelarse a laborar con ellos, en más de dos ocasiones fue encarcelado y luego expulsado  de aquellas tierras, a pesar de las manifestaciones en contra, de los propios lugareños. Aria Sojob, dos años después, retornó de su “exilio” y fue recibido con tal admiración y alegría que meses después, el mismo, pueblo lo hizo alcalde, cargo  que realizó para cumplir sus internos anhelos de redención popular, especialmente al decretar una ley de usos y costumbres que prohibía, estrictamente, el maltrato a los indígenas. Además abolió una de las formas de explotación laboral que consistía en “regalarle” al patrón dos días de labor a la semana y decretó una prohibición contra el alcohol.

Hoy en San Pedro Chenaló no existe ningún recuerdo físico que hable de la obra benemérita, justa y cultural, de este hombre que trascendió en su lucha social por la injusticia. Sólo queda grabada en la mente longeva de los últimos patriarcas del pueblo de San Pedro Chenaló, que lo evocan en estos tiempos en que la marginación social y la ignorancia aún persisten. 

Manuel Arias Sojob, hombre de cuna humilde y talento portentoso, luchador incansable de las causas justas de los indígenas, en contra de los poderosos. Aunque la historia oficial, no le da la magnitud ni el alcance que tuvo, vive en el tiempo que lo inmortaliza por su obra de gran revolucionario de la educación y  visionario del futuro.

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